Acerca de la beatificación de Monseñor Romero

Hace algunos días publiqué un artículo, en este espacio de opinión, donde se describía el proceso mediante el cual la Congregación para las Causas de los Santos había evaluado la postulación de Monseñor Romero, a la condición de santo, en el seno de la Iglesia católica con sede en el Vaticano; manifestando, en esa oportunidad, nuestra alegría por los resultados de la deliberación que hicieron los responsables de conocer de la postulación y luego de examinar las pruebas de mérito y demérito presentadas por las partes interesadas en apoyarla, por un lado o adversarla, por el otro.
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Sin embargo, cuando abordé el tema de la devoción a los santos, utilicé el término adoración, que pudo haberse percibido equivocadamente, como que dentro de nuestra religión existe algún tipo de idolatría.

Como consecuencia del uso de ese término, una hermana de la orden Maryknoll al leer lo que escribí sobre la beatificación del exarzobispo, me solicitó que aclarara que los católicos adoramos a un solo Dios y que la devoción que profesamos a los santos obedece a que, siendo de nuestra misma naturaleza (hombres), padecieron mucho sufrimiento, en vida, por el amor prodigado a Jesucristo y que, por ende, al conocer ellos, por experiencia propia, cuáles son nuestras necesidades, pueden interceder mejor ante Dios a nuestro favor.

Yo le prometí explicar que el proceso de beatificación, que requiere de la comprobación de milagros atribuidos a los postulados, persigue identificar señales sobre las virtudes de servicio a Cristo, que les permiten a los postulados interceder ante Dios para obtener milagros de él, por supuesto.

La preocupación de ella, legítima a mi juicio, radica en la confusión que surge, frecuentemente, entre nuestra feligresía en torno a la devoción a los santos, particularmente, hacia la Virgen María.

Dicha devoción no debe confundirse con la adoración a Dios; él es el único que puede obrar milagros y es, ante él, que interceden los santos, por sus devotos; pero esto es posible solo porque el primero desea honrarlos por haberle servido excepcionalmente, en vida, en la tierra. En eso consiste nuestra fe y esa será la naturaleza que cobijará a Monseñor Romero al ser nombrado santo.

El martirio de nuestro pastor ha sido considerado, por la Iglesia, como una manifestación suprema de sacrificio y servicio a Dios y, por lo tanto, condición necesaria para ser reconocido como santo.

Es natural que la interpretación interesada que pueda hacerse desde fuera de la doctrina católica pueda atribuirle, a este suceso, algún basamento de idolatría; claro está que eso sería falso; nuestra religión es monoteísta y el nombramiento de santos, ya sea por la vía de las virtudes heroicas o por la vía del martirio, no debe dar lugar a pensar otra cosa.

El evento de beatificación del exarzobispo de San Salvador debería alegrarnos a todos los salvadoreños y a los católicos mucho más, sin que esto represente algún tipo de menosprecio por otras confesiones distintas a la nuestra, ni mucho menos; espero que estos comentarios sirvan de elementos de juicio, adicionales, para apreciar mejor el significado e importancia que debería tener, para los católicos, el nombramiento de Monseñor Romero como santo.

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