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Actitudes que construyan, propuestas que sirvan, compromisos que funcionen

Las tareas que los salvadoreños tenemos acumuladas en la lista de lo que está por hacer para que el país vaya avanzando en la vía del desarrollo son múltiples y complejas, y lo son más aún porque venimos cargando casi todas ellas desde hace ya bastante tiempo sin que se hayan producido resultados de relieve.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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A estas alturas, lo que más pesa no son los problemas en sí, que constituyen sin duda lastres muy agobiantes, sino la inhabilidad sistemática para tratarlos en serio y con la efectividad que su naturaleza y las circunstancias demandan. No deja de extrañar el hecho de que no exista hasta la fecha ningún esfuerzo significativo para dilucidar con detalle nuestra problemática y para precisar cuáles serían las estrategias más apropiadas y eficaces para darle tratamientos.

Cuando se habla de hacer enfoques y de generar propuestas en lo que se refiere a la problemática nacional, se pone de manifiesto la irresistible tendencia a evadir las cuestiones de base, que son las que corresponden al manejo de las conductas; y por eso siempre se parte de criterios insuficientes y de percepciones limitadas. Para el caso, está ahí el tema de las actitudes. Sigue prevaleciendo en nuestro ambiente lo que podríamos llamar el “culto a la conflictividad”; es decir, el hacer prevalecer las posiciones y los intereses propios a cualquier costo, con lo cual se imposibilita de entrada la activación de mecanismos equilibradores que no sólo establezcan puentes sino que también habiliten estaciones de llegada. Y eso sólo puede lograrse cuando las actitudes apuntan hacia lo constructivo.

En nuestro ambiente falta mucha constructividad, y eso parte de la condición disfuncional de las actitudes que prevalecen. Sin duda, todavía estamos verdes en lo que a la educación democrática se refiere; y por ende, nos cuesta mucho reconocer que ya no nos hallamos en ningún sentido en el plano de los “vencedores y vencidos”, sino en el nivel de las relatividades que producen balances. Cuando decimos que en nuestro ambiente se necesitan “actitudes que construyan” estamos subrayando que lo primero son siempre las formas, sean en lo individual o en lo colectivo. Decidirse a que esto se active implica un reciclaje de las conductas, tomando en cuenta que sólo cuando esto se da en forma generalizada es posible avanzar hacia las metas alcanzables.

Las actitudes siempre son el factor de sostén de las propuestas activables. Sólo si hay actitudes positivas y propuestas pertinentes es factible mover realidades hacia su auténtico desenvolvimiento con vocación de futuro. Lo importante, entonces, es generar “propuestas que sirvan”, en el sentido de hacer que se den mecanismos productores de resultados con capacidad de vitalizar los hechos reales hacia sus perspectivas más beneficiosas en un sentido generalizador, que no deje a nadie fuera.

Pero desde luego para que las actitudes constructivas deriven en propuestas eficaces es vital que haya compromisos que no se queden en los enunciados sino que avancen hacia las realizaciones. Nos referimos a “compromisos que funcionen”, y al expresarlo así queremos subrayar el propósito de enfilar todas las iniciativas hacia la meta de la efectividad comprobable. Todo esto podría resumirse en una breve frase que es tan común en el habla común: “Hechos, no palabras”. Desde luego, las palabras son indispensables, pero se esfuman si no arraigan en el terreno de los hechos. En nuestro país, hemos vivido siempre dentro de un déficit muy constrictor e inhabilitante: el déficit de confianza. Y para ganar confianza hay que medirse en el plano de lo real. Hacia eso tenemos que avanzar.

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