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Activar la confianza de la ciudadanía requerirá mucho esfuerzo político

En muchos sentidos –como decir la seguridad y la situación económica y fiscal–, estamos en crisis, abierta o inminente, y esto tendría que ser el punto de atención focal para todos.
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Estamos a 8 semanas de que se abran las urnas el próximo 2 de febrero; y, tal como se ven las cosas hasta este momento, casi seguramente habrá que acudir a las urnas de nuevo el 9 de marzo. En todo caso, la campaña se encuentra en su recta final y los tiempos políticos van corriendo con aceleración cada vez mayor, lo cual pone presiones crecientes no sólo sobre los partidos y los candidatos, sino también sobre todo el aparato institucional, que ya debería estar preparándose para el tránsito inmediato de una Administración a otra.

En las circunstancias que caracterizan a la realidad nacional en prácticamente todas sus manifestaciones concretas, el hecho de este tránsito normal de administraciones ejecutivas no puede ser visto y tratado como un hecho mecánico dentro de la dinámica democrática en marcha. Cuando hay desafíos y problemas tan graves, agudos y acuciantes como los que están sobre el tapete, lo menos que puede esperarse es que todas las fuerzas nacionales, y en especial todos los liderazgos de las mismas, tomen conciencia y responsabilidad del rol que les toca cumplir, desde el gobierno, desde la oposición política y desde los diversos espacios económicos y sociales. En muchos sentidos –como decir la seguridad y la situación económica y fiscal–, estamos en crisis, abierta o inminente, y esto tendría que ser el punto de atención focal para todos.

Una de las cosas más resaltantes que ha ido mostrando en su curso la presente contienda electoral es la poca credibilidad que, como tal, tiene entre la ciudadanía la campaña en marcha desde hace ya bastantes meses. Esto no debe dejarse de lado como un dato incidental, sino que tendría que asumirse como un signo de que la participación ciudadana es cada vez más atenta y demandante, dentro de la dinámica evolutiva que manifiesta nuestro desenvolvimiento democrático.

Dicho signo es a la vez revelador y prometedor, y pone a todos aquellos que aspiran a la representación popular en los distintos ámbitos de la misma, y en particular en los niveles más altos, ante un reto que día a día se vuelve más exigente, como debe ser.

Está claro que ya no basta el activismo tradicional de las caravanas territoriales para agenciarse simpatías sólidas. Siempre habrá que hacer activismo, pero en estrecha relación con las propuestas básicas, que nunca serán muchas pero sí tendrán que ser sustanciales y convincentes, pues se refieren a cuestiones estructurales de fondo. Y no se trata de publicidad sino de comunicación, que son cosas distintas, cada una con su importancia.

Ese tema de comunicación política se personaliza inevitablemente cuando se trata de elegir a la figura máxima de la gestión gubernamental, que es el Presidente de la República. En ese caso, el electorado tiene que calibrar no sólo propuestas, sino también actitudes y precedentes, porque gobernar es más que poner programas en marcha: es generar integración y armonía, como se lo ordena la Constitución al Presidente en el inciso tercero del artículo 168: “Procurar la armonía social, y conservar la paz y tranquilidad interiores y la seguridad de la persona humana como miembro de la sociedad”.

La Administración que viene tendrá que contar con una buena base de confianza y de comprensión ciudadanas porque le tocará sin duda tomar decisiones muy complicadas y difíciles, dada la grave situación que vive el país. Sin esa confianza podríamos acercarnos muy pronto a traumatismos mayores.

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