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Activar los factores de la sana convivencia debe ser objetivo nacional prioritario

Para que la paz llegue y se instale de veras hay que generar condiciones que tienen que ver por un lado con las actitudes y con las conductas y por otro con las favorables opciones de vida que se pongan a disponibilidad de todos los salvadoreños. El trabajo, entonces, tiene múltiples dimensiones y proyecciones, y así tendría que ser concebido y asumido para que realmente funcione.
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El crecimiento exponencial que ha mostrado la actividad criminal en el devenir de posguerra ha venido a trastornar todas las percepciones sobre lo que El Salvador es en esta precisa coyuntura histórica y sobre lo que los salvadoreños podemos esperar de lo que nos viene en el día a día. Cuando las fuerzas que están enteramente al margen del Estado de Derecho y los factores de desestabilización se hacen sentir sin que nada parezca capaz de contrarrestarlos, es inevitable sentirse a merced de cualquier flagelo, con la crisis siempre a las puertas y bajo la amenaza de males que atacan al menor descuido. No es de extrañar entonces que haya tanta inseguridad y que estén tan dañados los tejidos sociales.

Cada vez que se hace oportuno, y eso ocurre con frecuencia constante, traemos a colación la necesidad de hacer posible que en nuestro país pueda tomar cuerpo de realidad lo que llamamos sana convivencia; es decir, el hecho real de que la sociedad en su conjunto se manifieste en los hechos cotidianos como lo que es por naturaleza: una unidad de destino en la que justamente la construcción auspiciosa de ese destino debe ser el objetivo primordial de todos los esfuerzos y acciones que se van desplegando a lo largo y a lo ancho del escenario nacional, tanto desde lo público como desde lo privado.

Aprovechamos este momento de pausa por las conmemoraciones de la Semana Santa para recordar con especial intención motivadora que los salvadoreños estamos urgidos de paz y de armonía en todos los órdenes de nuestra vida. Se dice a cada paso que se acabó la guerra militar pero que no llegó la paz social, y eso, que puede ser analizado de diversas maneras, no debe quedarse en un simple juicio sobre lo que pasa en los hechos, sino que debería trascender al compromiso de que todos hagamos lo que nos corresponde para hacer posible que lo positivo vaya ganando espacio al servicio de la generalidad.

Establecer la paz no puede ser, en ningún caso, una tarea de coyuntura. Para que la paz llegue y se instale de veras hay que generar condiciones que tienen que ver por un lado con las actitudes y con las conductas y por otro con las favorables opciones de vida que se pongan a disposición de todos los salvadoreños. El trabajo, entonces, tiene múltiples dimensiones y proyecciones, y así tendría que ser concebido y asumido para que realmente funcione.

Todo esto va vinculado con un propósito de armonía tanto interpersonal como social. La educación, en todas sus manifestaciones, tiene que ir haciendo lo suyo, y no sólo en lo que a la instrucción formal se refiere sino mucho más allá: en la remodelación de comportamientos y en la reanimación de visiones.

El país, como conglomerado de individuos, de comunidades y de organizaciones, ya no puede seguir autoflagelándose por la falta de integración humana. Es hora de rehabilitar nuestra voluntad patriótica en el más puro sentido del término. Y no con palabras sino con acciones.

Convivamos, pues, como lo que somos: una unidad de destino en todas las extensiones de dicho término.

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