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Actualicemos nuestras potencialidades exportadoras para poder encaminarnos de veras hacia un desarrollo eficaz y sostenible

A estas alturas, El Salvador tiene en el tema de las exportaciones una posición muy desventajosa en relación con los países del entorno centroamericano: apenas un cuarto lugar, y con una ventaja muy endeble en comparación con Nicaragua que hoy está en quinta posición.
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El Salvador viene perdiendo capacidad productiva y energía competitiva desde hace ya bastante tiempo. Durante dos décadas y media hemos venido avanzando con dificultades pero sin rupturas ni regresiones por la ruta de la modernización democratizadora; sin embargo, en revelador contraste, hay una especie de amodorramiento persistente en las áreas del desempeño económico, como si los lastres de la larga conflictividad nacional que se desató a comienzos de los años 70 del pasado siglo y tuvo un desenlace virtuoso a comienzos de los años 90 hubieran dejado de pesar en el esquema institucional pero continuaran haciéndose sentir en la dinámica económica. Al final de la guerra se abría sin duda una oportunidad sin precedentes para relanzar al país, con mejores augurios que nunca antes, por las rutas del desarrollo, pero no se pudo pasar de los primeros impulsos, que en 1995 estaban ya agotándose. Y de ahí en adelante la nueva problemática encabezada por el despegue del crimen organizado no ha dejado de crecer, dejando el progreso nacional a contracorriente.

Por nuestras condiciones territoriales y poblacionales, lo natural es orientar esfuerzos hacia el terreno de las exportaciones; pero en este campo tampoco surgen noticias estimulantes. Si bien en algunas áreas específicas como la de productos farmacéuticos, material eléctrico y maquila se dan cifras favorables en el rubro exportador, nuestros números generales son muy poco alentadores, con descensos preocupantes. En este campo, como en tantos otros, se impone la necesidad de elaborar diagnósticos puestos al día, no sólo sobre lo que ocurre en tan decisivo sector sino, sobre todo, en referencia a cuáles podrían ser las líneas y las bases determinantes de la política exportadora nacional. Tenemos que focalizar esfuerzos de manera definida e inequívoca, para poner todo el empuje en las direcciones preestablecidas. En otras palabras, se necesita planificación en todos los órdenes.

A estas alturas, El Salvador tiene en el tema de las exportaciones una posición muy desventajosa en relación con los países del entorno centroamericano: apenas un cuarto lugar, y con una ventaja muy endeble en comparación con Nicaragua que hoy está en quinta posición. Es decir, nos hallamos prácticamente a la cola, lo cual tendría que ser analizado con sinceridad y realismo, para estructurar cuanto antes la estrategia conveniente en clave recuperadora. En estos tiempos, el abanico de las posibilidades de exportación se ha abierto con una amplitud que no existió en ningún otro momento, y por consiguiente depende nosotros, de nuestra creatividad y de nuestra visión proactiva, el reubicarnos en el mapa con perspectivas novedosas. Es cuestión de no dejar nada para mañana y de poner a trabajar en común todas las iniciativas nacionales que sean necesarias y pertinentes.

Será indispensable, sin duda, como viene siéndolo prácticamente desde siempre, revisar con ánimo correctivo sin viejos prejuicios el punto de la llamada “tramitología” y los frenos que implican los altos costos de producción. Para ser competitivos tenemos que ofrecer términos de competencia que no desmerezcan y más bien estén por encima de los que otros ofrecen, especialmente en el entorno. Es inteligencia productiva y competitiva lo que se requiere para salir del rezago y pasar a la vanguardia.

Tags:

  • desarrollo
  • exportacion
  • crimen organizado
  • farmaceutica

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