Acuerdos culturales

Mi padre me dejó un retintín lee, lee, lee, que se hizo casi obsesivo en mi persona. La lectura alimenta la imaginación, aumenta el vocabulario, nos vuelve creativos y curiosos y para el curioso la mente siempre está famélica. Favorece en las relaciones sociales, amplía los horizontes, nos vuelve empáticos, da una capacidad de observación. El poder de la lectura te vuelve flemático en situaciones de mucha tensión. Culminamos una carrera universitaria y nos da el conocimiento de una ciencia, sería bueno adornarla con aderezos literarios que lo da la cultura general. Dicen: “Hay que ejercitar la memoria como si fuera un músculo”. No hay que evocar la excusa más socorrida: “No tengo tiempo”.
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Para un funcionario la historia tiene que ser su vademécum. Como dijo sor Juana Inés de la Cruz: “No estudio por saber más sino por ignorar menos”.

Después de 25 años de los Acuerdos de Paz, se perfilan nuevos acuerdos en El Salvador, dentro de ellos tiene que haber acuerdos culturales. Cada funcionario al asumir un cargo debería obligársele reportar mensualmente qué libro está leyendo, no olvidar que cuanto más alto sea el cargo adquirido más elevado es el porcentaje de tiempo que dedicará a la lectura.

Si mi infiel memoria no me traiciona, no he visto salir de una librería a un funcionario comprando un libro y ufano manifestar en las redes sociales y medios de comunicación: “Este es mi próximo libro a leer”, muchos salvadoreños emulamos los buenos detalles. Churchill, Lincoln, Roosevelt, Franklin, Jefferson eran lectores; incluso Obama era un gran lector. En las salas de espera de las distintas oficinas públicas debería haber libros de Alberto Masferrer, Salarrué, Francisco Gavidia, Claudia Lars, entre otros.

El comentario deportivo con nuestros amigos es bueno, estoy de acuerdo, y yo lo hago, nos distrae, pero hay que hacer una mixtura con otras literaturas. Alguien dijo: “Los metales se conocen por los sonidos y la gente por lo que dice”. Incluso en una entrevista laboral a varios solicitantes les ha favorecido mencionar una o dos palabras no usuales o un par de sinónimos y ha sido una buena catapulta donde han demostrado buen caletre o como dicen en mi pueblo “este no es chiche, sabe su par de letras”.

Hay un problema económico en nuestro país y lo paradójico es que no es por falta de dinero, es por falta de lectura, no hemos leído detalladamente las reglas de la economía. Tenemos un problema de inseguridad y no es porque no esté protegida la población, es por falta de lectura, con antelación hubiera sido texto de cabecera el libro “Hace falta un muchacho” de Arturo Cuyás Armengol, donde hay muchos valores morales, si se hubiera iniciado la lectura desde los Acuerdos de Paz hace 25 años la realidad fuera otra.

Muchas veces una anécdota de relaciones humanas le cambia la vida a cualquier persona. Es cierto que no somos Islandia ni Finlandia, donde le han apostado a la cultura y la educación, pero tenemos que hacer algo para la posteridad. Invertir en libros no es una erogación, es una obtención de libertad de pensamiento. Carlyle manifestaba: “La verdadera universidad de hoy en día es una colección de libros”. Mi madrina me decía: “No hay cosa que me agrade tanto como ver leyendo a alguien un buen libro y me imagino qué conversación tan hermosa debe tener”.

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