Acuerdos de Paz y Acuerdos por la Seguridad y la Convivencia (2 de 3)

Si los Acuerdos de Paz detuvieron la violencia fratricida, el diálogo y la concertación para implementar, el Plan El Salvador Seguro, presentado por el Consejo Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana, CNSCC, puede parar la ola de violencia y, de mayor proyección para el futuro del país, atendiendo sus causas puede evitar se siga reproduciendo en el caldo de cultivo de los problemas estructurales de la sociedad salvadoreña.
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Exceptuando la desarticulación de la represión militar y el respeto a la voluntad popular expresada en las elecciones —dos logros, y no los únicos, de enorme importancia—, la sociedad salvadoreña padece antiguas dolencias. El abismo entre ricos y pobres se ensancha, la justicia sigue mordiendo solo al descalzo, la corrupción institucionalizada o individual es para muchos la nueva moral, el desempleo y los bajos salarios no ceden a niveles adecuados. Hoy, como en las décadas que precedieron la guerra, la exclusión social, la desigualdad y la marginalidad contribuyen a generar violencia.

En la raíz de las circunstancias que producen la violencia se muestran semejanzas entre los Acuerdos de Paz y el acuerdo de nación que el país necesita hoy para ejecutar el Plan El Salvador Seguro. Sin embargo, hay diferencias fundamentales que se deben tomar en cuenta para entender mejor el punto de la “negociación” (en lo personal considero que en el caso actual en realidad se debe hablar de concertación, y esto es ya una diferencia),

Atender las diferencias de ambos procesos permite definir mejor los criterios con los cuales debe desarrollarse el diálogo por un acuerdo de nación de alcance estratégico para detener la violencia y erradicar sus causas. Me referiré a cuatro.

i. El diálogo que necesitamos no se basa, estrictamente, en una negociación en la cual dos “bandos” se sientan para ponerse de acuerdo en cuánto puede ceder cada cual. Los diferentes sectores de la sociedad han de dialogar para concertar medidas conjuntas con el Estado. No se trata de vencer al otro “bando” sino de concertar entre hijos de una misma tierra para que viva en paz.

ii. No hay dos fuerzas en pugna, sino una sola sociedad enfrentando el enemigo común, la violencia, que no es patrimonio de las maras; el narcotráfico, el crimen organizado, la corrupción, son otros tantos generadores de violencia, y acaso más complejos y brutales. Pero acostumbramos a ver las maras como los únicos generadores de violencia y erróneamente percibimos que son ellas el “otro bando” con el que debe negociar el gobierno.

iii. La realidad histórica es que el FMLN era una fuerza beligerante reconocida internacionalmente, con un proyecto social y político, y una estructura organizativa funcional y disciplinada. Las maras, al contrario, aunque se identifican genéricamente con el mismo nombre, constituyen en realidad un conjunto de grupos con un mismo sentimiento de pertenencia a su “barrio”, pero sin una estructura que garantice la uniformidad de acuerdos y, mucho menos, de su accionar.

iv. Los Acuerdos de Paz, tuvieron como objetivo principal el fin de la guerra; el acuerdo que necesitamos hoy, el fin de la violencia. Como toda guerra es violenta, identificamos ambos términos como sinónimos. Pero la guerra, por cruenta que sea, es una de las expresiones de la violencia y su fin no garantiza el fin de la violencia misma. Erradicar la violencia es más complejo que terminar una guerra; el verdadero enemigo no es una organización, estructura o institución con la cual podemos “pactar” para que detenga la violencia, sino una expresión del resquebrajamiento social. No debemos ir lejos para comprobarlo, nuestro país es ejemplo. En 1992 concluyó la guerra y un cuarto de siglo después aún nos estamos enfrentando a la violencia.

Tags:

  • acuerdos de paz
  • violencia
  • seguridad
  • institucionalidad

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