Acuerdos de Paz y Acuerdos por la Seguridad y la Convivencia (3 de 3)

Nuestra realidad económica, social, política y familiar es violenta.
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Hambre, violaciones, feminicidios, desempleo, son violencia que atenta contra la vida y el bienestar de las personas, a la cual se suman los asesinatos que la delincuencia y el crimen perpetran y cuyas víctimas son en su mayoría jóvenes que no superan los 17 años. No es, pues, solo el fenómeno de las maras al que hay que dar solución, sino al problema de la violencia estructural.

El diálogo intersectorial para implementar el Plan El Salvador Seguro, diseñado por el Consejo Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana (CNSCC), debe construirse sobre el conocimiento que el verdadero enemigo no es una organización o estructura con la cual podemos “pactar” para que detenga la violencia, sino una expresión de las carencias y el resquebrajamiento social.

Aun así, existe la percepción de quienes, a partir de la experiencia de los Acuerdos de Paz, consideran que un diálogo nacional para detener la violencia debe considerar la negociación con los grupos pandilleriles. Percepción que tiene que ver, salvo excepciones específicas, con tres actitudes para abordar el tema.

Una es la auténtica preocupación por la juventud salvadoreña y la comprensión de que el conflicto de la delincuencia y la violencia en el país se relaciona con la resentida y poco justa estructura social. Este razonamiento, aunque justo en cuanto a las causas, es contradictorio, pues deducir de él que una negociación con las maras erradicará la violencia niega la esencia del razonamiento mismo, que atribuye a la conformación social el origen de la violencia y, por lo mismo, de las mismas maras.

Una segunda actitud parte de intereses políticos e ideológicos con el objeto de poner en entredicho al actual gobierno. Con un manejo no muy sutil de la opinión pública, quienes por esos intereses se mueven oscilan entre el aplauso a una negociación con las maras y una condena indignada a esta. Por un lado dan a entender que sin diálogo con las maras no hay solución al problema de la violencia, y por otro cuestionan al gobierno por querer establecer ese diálogo.

De esa manera, a la vez que se obvian las verdaderas causas estructurales del conflicto que hoy padecemos, no se deja margen de maniobra al Poder Ejecutivo. Si no negocia no logrará nada y si negocia viola la Constitución. Un planteamiento retorcido digno de los “modernos” exponentes de la vieja política, para quienes siguen siendo más importantes los logros electorales que la seguridad de los ciudadanos.

A pesar del daño que podría hacer a la implementación de un diálogo entre los diferentes sectores de la sociedad, esta posición es la menos consistente, puesto que está determinada por factores coyunturales y valoraciones que también pueden variar en circunstancias específicas.

Sea por una auténtica preocupación o por intereses políticos, bajo la influencia de tales actitudes, una tercera considera posible la negociación con las maras; desesperanzados, estos sectores están dispuesto a agarrarse de cualquier clavo caliente si se les sugiere que esa es la solución al problema de la violencia y la inseguridad.

Pero, ¿es cierto que la negociación con las maras es la solución al problema? Razonando en frío, personalmente consideró que no. Si la causa de la violencia que padecemos es el pecado estructural (expresado en la injusta distribución de la riqueza, la falta de solidaridad y de valores, etcétera), es hacia la sanación de la sociedad que los salvadoreños debemos dirigir nuestros esfuerzos. En el marco de esos esfuerzos, una tregua entre pandillas tendría sentido si es resultado de la voluntad de los mismos jóvenes involucrados y no un pacto con el gobierno.

Tags:

  • violencia
  • seguridad
  • juventud
  • pandillas
  • desigualdad

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