Acuerdos de Paz y violencia

Escuchar decir al secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, que el mayor legado de El Salvador al mundo es decirle a los pueblos en guerra que soñar con la paz es posible es realmente algo inspirador.
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Quizás los salvadoreños no veamos cuán trascendentales fueron estos Acuerdos porque nosotros vivimos tan de cerca el proceso o porque pasó cuando éramos tan jóvenes o porque ya estamos tan mayores que lo consideramos algo que debíamos olvidar para seguir adelante.

La comunidad internacional, sin embargo, no lo considera como algo “natural” después de un conflicto armado. De hecho, es el ejemplo de un proceso realmente exitoso en el que un gobierno y un grupo armado, y fuerte, han acordado dejar los enfrentamientos y emprender una aventura democrática, en paz, luego de una serie de concesiones y reconocimientos.

Los salvadoreños, no obstante, salimos de una guerra entre dos bandos para pasar a un proceso de descomposición social que ha derivado en la violencia actual. Los homicidios de estos últimos años rivalizan en cantidad con los muertos de la guerra. Es por eso quizás lógico que algunos hablen de unos nuevos Acuerdos de Paz, para superar el estado de violencia actual.

Lo que no hay que perder de vista es que los actores de una nueva fundación del Estado salvadoreño deben seguir siendo actores dentro de la legalidad. Bajo ninguna razón sería conveniente que la sociedad salvadoreña sucumba en la tentación de darle reconocimiento oficial a grupos delincuenciale s. ¿No es eso mismo lo que se decía del FMLN en una parte de la sociedad? Puede ser, pero la historia nos ha demostrado que eran un sector legítimo de la población, que utilizó la violencia y la guerra para defender una postura en un momento que los espacios de diálogo y expresión estaban cerrados a cal y canto.

No considero justo, además, equiparar a los grupos guerrilleros de las décadas de los setenta, ochenta y noventa con las pandillas actuales, las cuales funcionan bajo como crimen organizado y no tienen más objetivos que enriquecerse a través de los delitos de la extorsión, el narcotráfico, el sicariato, el robo y el tráfico de inmigrantes.

Cualquier nueva versión de los Acuerdos de Paz tiene que pasar por los partidos políticos y sus representantes elegidos en la Asamblea Legislativa junto con el Ejecutivo y el Judicial, además de la representación de la sociedad civil, la empresa privada, gremiales, las iglesias y las ONG.

Hemos oído decir al mismo presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén, que la tregua sirvió para fortalecer a las pandillas. Y más recientemente, hemos sido informados por las autoridades de Seguridad Pública de los traslados de cabecillas de pandillas a penales más rigurosos.

La respuesta de los criminales ha sido el asesinato de más policías, además del recrudecimiento de la guerra entre grupos delincuenciales y ataques a ciudadanos honrados.

Nuestros dirigentes saben, a través de todas las encuestas, que ahora lo que más le preocupa a los salvadoreños no es la economía (aunque está muy mal), sino la seguridad. En momentos donde la vida está en riesgo permanentemente, llegar a otro día se vuelve un objetivo imperioso.

Los nuevos diputados y alcaldes que serán electos en marzo tienen la misión de hacer nuevas y mejores leyes y de crear condiciones de convivencia en el país. Pero también de darle a las instituciones el apoyo y herramientas necesarias para combatir el delito.

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