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Agradecer y perdonar: pilares del bienestar

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Kalena de Velado - Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Hay una fábula que dice que una persona murió y se fue al cielo. Al llegar, san Pedro le comunicó: "Mira, como vas a vivir aquí por toda la eternidad, te voy a enseñar un poco el cielo para que lo conozcas". Lo llevó a una sala muy grande, donde había miles y miles de ángeles trabajando, y le dijo: "Aquí están recibiendo las peticiones de ayuda que vienen de la Tierra". Lo llevó a otra sala muy grande, donde también había miles de ángeles y le manifestó que allí estaban preparando los paquetes para conceder las peticiones recibidas. Después le enseñó otra sala muy grande, pero allí solo había un angelito, que parecía estar desocupado, porque estaba medio somnoliento. Y le dijo: -"Esta es la sala donde se reciben las acciones de gracias por los beneficios recibidos en la Tierra. Como ves, son muy pocos los que dan gracias y, por eso, con un angelito es suficiente". La moraleja es clara... A veces solo pensamos en lo que nos falta y no contamos nuestras bendiciones por lo que tampoco las agradecemos.

Pero hay momentos en que agradecer se vuelve difícil: ¿Se puede dar gracias por un año que termina con una enfermedad grave o con la muerte de un ser querido por covid-19? Personalmente creo que sí se puede... La respuesta la leí hace años en una semblanza de Victor Frankl, el siquiatra judío, que sobrevivió un campo nazi de exterminio, y recogí una frase de Nietzsche: "Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi siempre cualquier cómo".

El gran médico vienés nos ha ayudado a comprender un gran misterio: ¿Qué es en realidad el ser humano? "Es el ser que siempre decide lo que es. Es ese ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración". Lo que lo mantuvo en pie al Dr. Frankl en las situaciones duras y denigrantes de la guerra fue el objetivo de otra liberación: salvar a los prisioneros de la desesperación. "No sobrevivieron los más sanos... Salieron adelante los que descubrieron una meta, una intencionalidad en su vida. Solo superaron la ignominia que los abocaban a la muerte o al suicidio los que encontraron la razón por la que seguir viviendo... La pregunta que yo me planteaba era: ¿Tienen todo este sufrimiento, estas muertes en torno mío, algún sentido? Porque si no, la supervivencia no tiene sentido, pues la vida cuyo significado depende de una casualidad, ya se sobreviva o se escape de ella, en último término no merece ser vivida".

Pienso que agradecer y perdonar son dos pilares del bienestar. Dice otro cuento que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto uno le dio una bofetada al otro. El ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena: "Hoy, mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro". Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado comenzó a ahogarse, y le salvó su amigo. Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra: "Hoy, mi mejor amigo me salvó la vida". Intrigado, el amigo preguntó: "¿Por qué después de que te pegué escribiste en la arena y ahora en cambio escribes en una piedra?" Sonriendo, respondió: "Cuando un amigo nos ofende, debemos escribir en la arena, donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo. Pero cuando nos ayuda, debemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde ningún viento podrá borrarlo". La moraleja de esta narración muestra que quien sabe agradecer también se prepara para perdonar.

A Nietzsche le diría que mi motivo de vivir está en saberme amada infinitamente por Dios, con la confianza en Jesús... así podemos sobrellevar casi siempre un dolor grande, con paz y gozo en el corazón...

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