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Cristian Villalta

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Aquí entre nos, hay algo que me agrada de este gobierno: no es de Arena ni del Fmln.

Y es lógico. Argumentos para que la ciudadanía se decepcionara de uno y otro hubo desde los días de Francisco Flores y su inconsulta dolarización hasta el marasmo de Sánchez Cerén; y qué decir de los dos ladrones entre ambos.

Los señores Martínez y Calleja creían posible invitar a los salvadoreños a la escena de un crimen apenas moviendo unos muebles de lugar; era imposible, y por eso romper con el bipartidismo terminó siendo menos difícil de lo que cualquiera de los Saca hubiese pensado.

La tensión social inherente a la concentración de los medios productivos, y en especial a la tenencia de la tierra, fue el contenido más importante de la historia nacional entre 1881 y 1980. Por eso la pugna entre dos polos a veces armados y finalmente políticos le hizo justicia a ese siglo; pero aunque la tensión continúe, El Salvador no volverá a reconocerse en esa narrativa hasta que la derecha exorcice a sus patrocinadores y hasta que la izquierda entierre al Fmln.

Pero que por primera vez en 30 años no nos gobiernen ni Arena ni el Fmln no garantiza que la inspiración del Estado haya cambiado, ni que los tradicionales dueños de la política hayan perdido. Eso sólo se sabrá con el tiempo, a partir de cómo actúe el Ejecutivo en temas como la ley del agua, la destrucción ambiental y las prácticas anticompetitivas. Los ciudadanos hemos asistido decepcionados a coyunturas en las que en lugar de instalar una trinchera, el gobierno abre una tienda de conveniencia.

El móvil principal de los electores de Bukele fue ese: creer que bajo su gestión, el interés ciudadano estará en el centro de la agenda. Ese es el sabor de la política pública, un sabor desconocido en estas tierras. Y como buen publicista, a sabiendas de que lo que vendía era inasible, el presidente invirtió sus energías en el envase, y lo convirtió en un producto inolvidable, de febril consumo. Le fue tan bien que hoy, pocos se acuerdan del partido que lo llevó al poder. No le culpemos, es que aunque sea anaranjada, nadie se tomaría una gaseosa si dice Gana en lugar de Fanta.

La comunicación es más fácil siendo candidato que siendo funcionario. Nadie te fiscaliza las promesas ni husmea entre tus eslóganes... esos días se acabaron en cuanto recibes la credencial.

Y en apenas 100 días (vamos, una mirringa de tiempo), es obvia la dificultad de Bukele para terminar de hacer campaña. Es que la propaganda es un cobertor calientito y terso; nada que ver con la siempre arrugada colcha de la función pública, que si te cubres la cabeza te descubre los pies.

Como cabeza de la administración, no deberías estar enfocado en que te crean sino en que te entiendan. Pero eso es imposible si rehuyes la conversación, si al que disiente lo consideras enemigo, si rehuyes al que te cuestiona, si quieres reducir al periodismo a ser tu niñera y si humillas públicamente a tus ministros.

Podemos entender que a diferencia de sus antecesores, Bukele recibió al Gobierno sin haber articulado su pensamiento político. Le tocará hacerlo, desarrollarlo y ponerlo en práctica durante su gestión, sin duda un hándicap que sólo atajara en discusión con la nación. Pero día a día de sus primeros 100, la lista de los que no caben en esa discusión incluye cada vez a más personas e instituciones.

Y quizá por eso, lo que menos me agrada de este gobierno sea el presidente. Pero eso es aquí entre nos.

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