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Agua: ¿una visión incompleta?

Nuevamente, el tema del agua –y su famosa ley reguladora– están en auge, en momentos críticos en que “aprieta el zapato” por dos años seguidos de poca lluvia.
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Ciertamente, los enormes desperdicios y daños bien señalados por muchos por las malas tuberías y usos, el alto grado de contaminación y la falta de reciclaje y normativa de uso son muy relevantes. Pero parece existir un problema adicional mucho más de fondo: el de nuestra cultura (o más bien la falta de ella) concerniente al agua y la vida misma.

Podemos ciega y políticamente insistir –con tambores de guerra como música de fondo– en “nuestros derechos inalienables sobre el agua”, pero, queriendo o sin querer, esto simplemente servirá para exacerbar el problema; pues falta una enorme “otra mitad” de la naranja; el de nuestra responsabilidad con el manejo, restauración y cuido del agua y de los ecosistemas que regulan, filtran y conducen tan preciado recurso, así como con las muchas otras formas de vida que igualmente dependen de él.

Basta dar mayor atención a las frecuentes comparaciones con “un Israel o una España que prosperan y crecen con la tercera parte de la precipitación que recibe El Salvador” o afirmaciones como “la mayor parte de la lluvia que recibimos la echamos a perder por la erosión y la contaminación”. Pues estas ilustran el fondo principal del problema: el de no querer darle su valor real al agua ni a los otros organismos y ecosistemas que contribuyen a mantener y aun mejorar su calidad y cantidad.

Querer ver el agua sin ver los ríos, nacimientos, lagos y cuencas es como querer ver el árbol sin ver el bosque. Querer afirmar que planteamientos como “caudal ecológico mínimo” (que sugiere claramente que los micro-organismos, plantas y animales acuáticos y los ríos mismos también tienen derechos y hasta funciones vitales para la calidad de vida humana) “atentan contra derechos humanos fundamentales” es retórica vacía y negativa que simplemente conllevará a que siga empeorando rápida y excesivamente la falta de agua para generar energía, el riego y las otras formas de uso y consumo humano.

Sobre todo en El Salvador, es imprescindible darle el valor monetario al agua para lograr su disponibilidad garantizada en el futuro. Pues los bosques y las cuencas que producen la mayor cantidad y calidad de agua deben también tener un futuro garantizado y sostenible. ¿Pagos por servicios ambientales inteligentes y acertados? ¿Entre otras cosas reconociendo el valor hidrológico de los parques y bosques nacionales en lugar de querer reforestar áreas devastadas?

La Asamblea Legislativa sin duda se quedará muy corta si no reconoce que el agua es un recurso natural multidimensional y multifuncional –más que simplemente “vital”– y que como tal debe ser regulada por el ministerio correspondiente. Pues instituciones como el ANDA o posibles “entidades neutrales” seguirán dando valor político solo al servicio de explotación y entrega del agua, y no al de su conservación y uso racional y responsable. El boicot/bloqueo a este vital ministerio debe terminar al igual que los pretextos “humanitarios y económicos” que se han usado para evitar su operatividad en función tanto ambiental como social. Los estigmas de “románticos fantasiosos” usados en forma tan despectiva y contraproducente son precisamente las raíces que están acelerando el continuo deterioro y disminución de este vital recurso.

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