Aguas de entonces

En estos tiempos la condición de los ríos, de los riachuelos, de los arroyos y de las quebradas tanto permanentes como de estación se ha venido volviendo cada vez más calamitosa y peligrosa, tanto por la tendencia al decrecimiento de las fuentes de agua como por la agresiva y expansiva contaminación industrial y humana.

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A estas alturas ya ninguna corriente natural es confiable y muchas son verdaderos focos fluyentes de pudrición atentatoria contra la vida. Hasta hace unas pocas décadas el panorama era muy diferente, y ni por sombra se avizoraba un panorama como el actual. Yo recuerdo mi infancia allá en el cantón San Nicolás, un poco más adelante de Apopa: los cipotes de la zona íbamos a bañarnos en las aguas limpias del río Las Cañas, y todos los habitantes bebíamos sin reservas el agua traída en cántaros de los ojos de agua. Parece fantasía. Y ya no se diga lo que pasaba en el siglo XIX, cuando mi bisabuelo Francisco Esteban Galindo, orador y escritor de la época, se refería a los caudales cristalinos del río Acelhuate. Hoy hasta el magnífico río Lempa está en severa crisis progresiva, lo cual anuncia con alarma lo que podría esperarnos en materia hídrica si no se hace cuanto antes algo verdaderamente efectivo para revertir el fenómeno avasallador. Y esto que nos ocurre a nosotros en nuestro pequeño rincón natural es realidad generalizada en el mundo, a causa del atropello humano contra la Naturaleza, como si ésta fuera la víctima propiciatoria en la que se ceban nuestros desaforados desmanes. Pero hoy esa misma Naturaleza nos está pasando pavorosas facturas. Ojalá que lo entendamos por fin.

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