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Ahora, el show debe terminar

El gobierno tendrá que gobernar, que no es lo mismo que administrar el aparato público con revanchismos, persiguiendo el nepotismo ajeno para cultivar el propio o autocelebrándose en los medios oficiales, que deberían ser de uso educativo para la población y no un chorro para dilapidar dinero y destruir reputaciones, en especial las de quienes trabajan en ellos. Entonces, cuando se comience a marcar un rumbo para el Estado, todos constataremos si además de ruido había ideas.

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La Prensa Gráfica

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Desde hace algunos años, se instaló un nuevo estilo de ser funcionario en El Salvador: mucho ruido y pocas nueces. Ministros, personal de justicia, diputados, alcaldes y demás, imitando la cultura de sobreexposición del presidente de la República, producen contenido un día sí y el otro también para circular socialmente, con la peculiaridad de que confunden sus posiciones personales con las institucionales, hacen gala de un lenguaje confrontativo las más de las veces y caen en intencionadas imprecisiones.

La idolatría a estos mecanismos de construcción de marca personal ha llegado a tal extremo que en algunas carteras de Estado se mide el éxito del servidor estrictamente por las veces que se acercó a ser tendencia en una red social. Es el mundo puesto del revés, los empleados del gobierno creyéndose personalidades.

Aunque sea una tara menos perniciosa que la de los ministros que se creen jueces o policía política y violan derechos ciudadanos con matonerías barriobajeras, desnuda una característica común de la nueva clase política: a falta de sustancia, reparan sólo en el envase. Y así, aunque no se crea en la democracia ni en la rendición de cuentas o se tema a la transparencia, la recreación artificial de una cercanía con la comunidad, de proximidad con la base de un movimiento o partido a través de la informalidad de las redes sociales puede bastar para la simulación.

Ese contenido quizá siga triunfando por varios años en El Salvador en la medida que la ciudadanía no afile su espíritu crítico, aunque la deposición del populista discurso de los mismos de siempre es irremediable, y la nación ya no le verá ningún sentido a la narrativa de guerra cuando lo que urge es construir, no destruir. En algún momento de este quinquenio, cuando la realidad económica, del empleo o de la seguridad no le deje al oficialismo ningún margen para el histrionismo y la exhibición cansona, toda la población adquirirá un poco más de conciencia. Antes de eso, más circo, más canastas solidarias, más videos y publicidad pagada con el erario nacional.

Una de las olas de realidad que se aproxima es la del ajuste fiscal. Después de que el gasto público subió al 29 por ciento y con una caída de nueve puntos del Producto Interno Bruto, con pagos a acreedores internacionales a la vuelta de la esquina, es inevitable que el gobierno de GANA tome medidas, desde aumentar el impuesto al valor agregado a combatir la evasión en serio -no con hashtags y tonterías-, adoptar nuevos impuestos, reducir subsidios, etcétera. En suma, meterse o con el paupérrimo crecimiento económico pospandémico, o dinamitar la fantasía de estado de bienestar con que le endulzaron el encierro a los salvadoreños.

Para decirlo rápido, que el gobierno tendrá que gobernar, que no es lo mismo que administrar el aparato público con revanchismos, persiguiendo el nepotismo ajeno para cultivar el propio o autocelebrándose en los medios oficiales, que deberían ser de uso educativo para la población y no un chorro para dilapidar dinero y destruir reputaciones, en especial las de quienes trabajan en ellos. Entonces, cuando se comience a marcar un rumbo para el Estado, todos constataremos si además de ruido había ideas.

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