Ahora más que nunca los salvadoreños debemos tomar la debida conciencia de nuestra responsabilidad frente al medio ambiente

Desde siempre se viene haciendo sentir el vacío de conciencia ambiental en el país, y esto nos pone en constante y creciente riesgo, que se multiplica a medida que las condiciones se van poniendo más y más críticas, por efecto tanto de las volatilidades presentes como de los descuidos acumulados.
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Los incendios forestales y de malezas que se han desatado en días recientes por efecto del clima imperante con altos niveles de calor e intensos vientos vienen a poner una vez más en evidencia nuestras vulnerabilidades que son de variada índole, pues van desde las variaciones cada vez más imprevisibles del clima hasta la irresponsabilidad ya consuetudinaria de las conductas humanas. Desde siempre se viene haciendo sentir el vacío de conciencia ambiental en el país, y esto nos pone en constante y creciente riesgo, que se multiplica a medida que las condiciones se van poniendo más y más críticas, por efecto tanto de las volatilidades presentes como de los descuidos acumulados. Frente al vacío antes aludido nunca se ha hecho nada reparador, y ahora sufrimos consecuencias que ya están fuera de control.

En la misma Constitución de la República está claramente definido que: “Es deber del Estado proteger los recursos naturales, así como la diversidad y la integridad del medio ambiente, para garantizar el desarrollo sostenible./ Se declara de interés social la protección, conservación, aprovechamiento racional, restauración o sustitución de los recursos naturales, en los términos que establezca la ley./ Se prohíbe la introducción al territorio nacional de residuos nucleares y desechos tóxicos”. Esto es lo que se establece en el plano normativo, pero nada de lo que ahí se dice puede convertirse en realidad tangible y verificable si no opera una real y efectiva cultura ambiental, que parta del reconocimiento tanto personal como social de que la Naturaleza es nuestro hogar primigenio e insustituible.

Por falta de esa cultura en todos los órdenes del comportamiento colectivo hemos llegado a condiciones verdaderamente calamitosas, por ejemplo en temas como la penuria del agua y la contaminación. Y cuando se constata la suerte de nuestras corrientes de agua fácil es advertir que estamos llegando al límite de la insostenibilidad sin retorno. Tampoco se ha hecho nada significativo para la conservación del vital líquido ni para la purificación del mismo, y los trastornos derivados de tal inoperancia son patentes.

Una de las prácticas más nefastas es la de nunca anticiparse a los hechos, por evidente que sea su arribo. Llegar siempre a la necesidad de apagar fuegos cuando bien pudieron prevenirse. Y esto es lo que nos pasa prácticamente en todos los órdenes de la vida. Es por tal razón que insistimos sin cansarnos en el imperativo de adoptar una cultura de la responsabilidad, que abarque todos los aspectos de la conducta, sea individual o colectiva. Y la falta de esa cultura es lo que ha llevado, en otro plano igualmente fundamental, a que la situación delincuencial esté hoy donde está: apretándonos el cuello hasta la asfixia.

Si las cosas siguen como están, sin recibir los correctivos adecuados ni ser objeto de estrategias reordenadoras, la Naturaleza nos continuará pasando facturas cada vez más elevadas y cargantes. Hay que evitar que eso ocurra, y para ello es preciso actuar de inmediato, no con parches coyunturales cuando hay emergencias de ocasión, sino en la forma estructurada y consistente que las circunstancias reclaman.

La conciencia ambiental tiene que hacerse valer en el país, y no sólo en las declaraciones sino básicamente en los hechos, que es donde resulta factible cambiar las cosas.

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