Ahora que entramos en paréntesis vacacional es oportuno hacer un alto para considerar lo que está pasando en nuestro ambiente

Lo que no podemos es continuar estancados en la inercia y en la rutina, y para superar tal condición es insoslayable poner todas nuestras capacidades nacionales sobre el terreno, sin escatimar esfuerzos para superar las fallas y los vicios que ya se volvieron costumbre, a fin de habilitar todos los factores positivos que siguen disponibles.
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El inicio de la Semana Santa siempre es ocasión propicia para hacer una especie de corte de caja de las percepciones sobre el fenómeno real que prevalece en el ambiente y de las sensaciones que todo lo concerniente a dicho fenómeno trae consigo. Por muchas razones y de muchas maneras los salvadoreños vivimos con el alma en un hilo, y tal sensación se va volviendo una especie de desgaste sin salidas identificables, tanto en el plano individual como en las diversas expresiones de la realidad colectiva.

No es de extrañar que tanta gente sienta que el único escape es la emigración y que, aquí adentro, el perverso imán del crimen esté haciendo de las suyas y atrape a tantos jóvenes en las redes de lo irreparable. Pero aunque el panorama es desolador, no podemos de ninguna manera aceptar que lo que sigue es el Destino Nacional Fallido, que por supuesto es muchísimo más grave que el Estado Fallido. Y lo que toca, sin más pérdida de tiempo, es emprender los esfuerzos para reactivar una salvadoreñidad que tome cada vez más conciencia de sí misma en el mejor de los sentidos: la construcción de Patria por encima de todo.

A estas alturas del proceso histórico nacional, y con la extensa carga de experiencias que se vienen acumulando en el curso del tiempo, no puede caber ninguna duda sobre el hecho de que nuestro país necesita un intensivo reciclaje de actitudes y de expectativas, de cara a un presente que deja mucho que desear y con miras a un futuro que requiere apuestas de alto relieve en todo sentido para superar las distorsiones que han tomado carta de ciudadanía entre nosotros. Lo que no podemos es continuar estancados en la inercia y en la rutina, y para superar tal condición es insoslayable poner todas nuestras capacidades nacionales sobre el terreno, sin escatimar esfuerzos para superar las fallas y los vicios que ya se volvieron costumbre, a fin de habilitar todos los factores positivos que siguen disponibles.

Por encima de las múltiples situaciones conflictivas que los salvadoreños tenemos que enfrentar en el día a día, habría que replantearse todos los enfoques sobre las temáticas que tienen más incidencia en el quehacer general, para desde ahí ir elaborando el plan de país por el que venimos abogando desde hace ya largo tiempo, y que posibilitaría no sólo darles tratamientos apropiados a los problemas en concreto sino también, y de manera significativa, proveer de combustible anímico a las distintas fuerzas comprometidas con la democracia que se mueven dentro de los diversos espacios nacionales.

Lo que ya no es posible admitir es que siga pasando el tiempo y nos mantengamos enfrascados en conflictividades inútiles, que no sólo multiplican las frustraciones y las ansiedades sino que hacen colapsar o entrar en suspenso sistemáticamente las iniciativas orientadas a generar progreso puesto a tono con las necesidades y las aspiraciones de la coyuntura presente. Reflexionemos a fondo sobre las tareas por cumplir para que el país entre de veras en zona de desarrollo integral y progresivo, y para que se eviten situaciones desestabilizadoras como la derivada del manejo irresponsable que ha hecho el Gobierno de sus obligaciones previsionales.

No sólo se trata de sacar fuerzas de flaqueza, sino, sobre todo, de superar los frenos que impiden que El Salvador avance hacia lo mejor de sí mismo.
 

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