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Ahora se impone la necesidad de darle al diálogo entre fuerzas contrapuestas el rol que las circunstancias están demandando

El desenvolvimiento cronológico de los sucesos que se van produciendo en el seno de una sociedad, en este caso la nuestra, va mostrando diferencias y enlaces que es preciso identificar en debida forma para poder entender la lógica de dicho desenvolvimiento. Justamente en estos días se ha estado conmemorando el XXV aniversario de la firma del Acuerdo de Paz que le puso fin definitivo a la guerra interna, y tal recordatorio empalma exactamente con la situación política en la que venimos estando inmersos prácticamente desde que pasamos a esta etapa de posguerra. Es como si la historia quisiera medirse a sí misma, poniendo tareas convergentes en momentos que difieren en casi todo. Y, en consecuencia, hay que tener presente lo sucedido y lo que sucede para sacar las conclusiones correspondientes.
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Ahora se impone la necesidad de darle al diálogo entre fuerzas contrapuestas el rol que las circunstancias están demandando

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En aquel momento, y lo digo por experiencia de primera mano, había que encarar el desafío de hacer un giro dramático: emprender la ruta de la racionalidad dialogante en medio de la irracionalidad beligerante. Y hay que recordar que en el país no había ninguna experiencia previa sobre la forma de resolver situaciones de conflictividad extrema. Habría que preguntarse cuál fue el factor que determinó la posibilidad de entrar en esa ruta hacia un desenlace sin precedentes que abriera otros espacios de futuro. Y, luego de darle mucho pensamiento a tal cuestión, concluyo que ese factor es la realidad, que siempre constituye el argumento máximo, aunque casi nunca se reconozca como tal. La guerra ya no podía dar más de sí, aunque nadie lo reconociera explícitamente, y entonces lo que se imponía era entenderse para darle otra solución.

Aunque hoy las circunstancias de la realidad nacional sean en mucho diferentes a las de entonces, lo que es similar es el entramado de los sucesos y, en consecuencia, los requerimientos para encaminarse hacia los desenlaces pertinentes. Entonces, dos fuerzas militares estaban dándose duro desde hacía bastante tiempo en el campo de batalla; hoy, las fuerzas nacionales, y muy en particular las dos fuerzas políticas de más relieve, se hallan en aguerrida contienda permanente en el campo de la competencia democrática. Así como en aquellos entonces se hizo claro que no era posible un desenlace con vencedor y vencido, hoy es evidente que nadie puede vencer a nadie porque el ejercicio en el que nos movemos no lo permite. Así las cosas, la única vía factible es la del entendimiento que tenga base y perspectivas.

Pero habría que tener presente, sin evasivas, que el entendimiento es un proyecto que hay que planificar, armar y procesar, conforme a los requisitos que la misma realidad pone sobre el tapete. Lo que hasta el momento ha ocurrido son impulsos circunstanciales y azarosos, que pueden tener buenos o malos resultados en lo concreto, pero que no son capaces, en ningún caso, de asegurar perspectivas confiables. Estamos realmente enfrentados a la necesidad de lograr predictibilidad en función de seguridad y estabilidad. Enfoquemos esos tres conceptos insustituibles e insoslayables: predictibilidad, seguridad, estabilidad. La trilogía de la buena suerte, para darle un calificativo gráfico. Sin predictibilidad no hay certidumbre; sin seguridad no hay normalidad; sin estabilidad no hay progreso bien cimentado.

Ya no es cuestión de preguntarse si estamos listos para emprender esa labor reconstructiva, porque el fenómeno real nos viene respondiendo de manera más que elocuente: estamos listos porque no tenemos alternativa. Sí o sí. Y en esto también encontramos un paralelo perfecto con lo que se vio cuando la guerra había llegado a sus límites militares: había que dirigirse al puerto de la solución política porque todas las otras vías eran rutas de desastre. Ahora, si no nos entendemos ya no hay hacia dónde dirigirnos. La tozudez se está quebrando en pedazos, y lo que queda es un reguero de piezas inútiles. Lucha de ideologías, choque de posiciones, reminiscencia de trincheras. Digámoslo en traducción libre y en confianza: bullsheet. Y ojalá que prospere la visión del progreso, que fructifiquen las diferencias bien administradas y que en vez de trincheras se abran caminos...

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