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Ahora voy a recordar algunas imágenes que siguen vivas en las pantallas de la buena nostalgia

Voy a desplegar aquí, pues, una pequeña colección de recuerdos dibujados con lápiz fosforescente sobre papel de china, con nombre y apellido.
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Ahora voy a recordar algunas imágenes que siguen vivas en las pantallas de la buena nostalgia

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Desde la niñez tuve el privilegio de estar en contacto visual con grandes figuras del cine de entonces desde las pantallas de la época, en aquellas salas emblemáticas: el Nacional, el Principal, el Apolo, el Follies, el Popular, el América… Las imágenes femeninas brotaban a cada paso, haciendo sentir sus efluvios cautivadores. Y eso era una especie de magia muy privada, porque yo iba al cine siempre solo, con la seguridad propia del ambiente sin sobresaltos que se vivía en esos tiempos. Voy a desplegar aquí, pues, una pequeña colección de recuerdos dibujados con lápiz fosforescente sobre papel de china, con nombre y apellido.

Margarita Cansino, hija del bailarín español Eduardo Cansino, emergió como Rita Hayworth allá en las postrimerías de los años 30 del pasado siglo. Su consagración vino con la película “Gilda”, de 1946, coprotagonizada por Glenn Ford. La escena en la que Rita interpreta la canción “Put the blame on Mame” es incónica del cine erótico de la época. En esa escena Rita sólo se quita un largo guante, pero lo hace con tal despliegue de sensualidad que no deja nada que desear. Para mí “Gilda” es una experiencia casi mágica. Hay un momento en que Glenn Ford le propina a Rita una bofetada histórica, que hace que la maravillosa cabellera de la actriz parezca una catarata febril. De ahí en adelante todo sería leyenda.

El cine italiano de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial estuvo marcado por el llamado neorrealismo, y dentro de esa línea se dieron muchas expresiones sumamente expresivas tanto del estado de ánimo como de las realidades cotidianas de aquella época. No olvidemos que Italia era uno de los vencidos en dicha guerra. En 1949 se filmó “Arroz amargo”, película que traía una diva en cierne: Silvana Mangano, cuya figura de sensualidad espontánea y a la vez avasallante llenaría una época. Después Silvana derivó en el talante de la gran dama, como en “La muerte en Venecia”, de Luchino Visconti, en 1971. Las imágenes evolucionan, igual que la vida en la que transitan. Y eso marca también los hitos de la nostalgia.

Amparo Rivelles fue figura emblemática del cine español en los años 40 y 50 del pasado siglo, que luego se estableció en México, donde hizo gran carrera. Su película “La herida luminosa”, de 1956, con Arturo de Córdova, me hizo ponerla en el álbum de mis favoritas. Era una gran señora, de personalidad a la vez vibrante y acogedora. En 1994, en un trayecto aéreo entre Madrid y Miami, me tocó la suerte de ir a su lado. Amenísima conversación intermitente. Tenía ingenio y naturalidad. Me dio su dirección en Madrid –Calle Flor Baja, 7—para que yo pudiera enviarle algunos libros, que me agradeció sentidamente. Amparo representaba una época, con señorío muy especial. Su belleza era múltiple, y así es recordada.

Aquella tarde en el Teatro Nacional, que entonces servía como cine, vi desde un asiento de balcón una película incomparable: “Romance de fieras”, con Martha Roth, Joaquín Cordero y Armando Calvo. Era un melodrama intenso, de los que a mí me gustaban. Martha Roth tenía un encanto fuera de serie. En la película hacía el papel de Gabriela de Alba, una mujer atormentada por un hombre neurótico, interpretado por Armando Calvo, y que iba ilusionándose con un recién llegado, que interpretaba Joaquín Cordero. La acción se desenvolvía en las orillas del Lago de Pátzcuaro. Y la interpretación que hacía Verónica Loyo de “Janitzio”, la hermosísima canción de Agustín Lara, era todo un poema. Rememoración feliz.

Marina Vlady, la acriz francesa de origen ruso, no alcanzó una notoriedad del más alto nivel, pero su imagen eslava y su talante francés tenían un encanto enigmático que a mí me parecía irresistible. Una de sus películas se me quedó prendida en el recuerdo: “Les salauds vont en enfer. (Los sinvergüenzas van al infierno)”, de 1955, que más que en la pantalla se me grabó en un cartel callejero. Era diciembre de 1957, en mi primer viaje al exterior, nada menos que a París, al comienzo de la adolescencia. Vivíamos en el 118 de la Rue du Château, en Boulogne- Billancourt, y en la primera esquina estaba puesto el cartel de la película. Lo estoy viendo en este instante. Marina Vlady, que entonces tenía 19 años, era un ensueño hecho mujer.

Cierro el álbum mental por ahora. Ya vendrá otra vez el momento de abrirlo. Si no fuera por las imágenes recordadas lo vivido quedaría en blanco.

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