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Al cumplirse otro año del período gubernamental actual es más oportuno que nunca hacer balances valorativos y encarar perspectivas inmediatas

Cuando las circunstancias presentan la complejidad que es evidente en estos días, las tentaciones de acudir a cualquier recurso, por extraviado y riesgoso que sea, con tal de ganar algún beneficio inmediato de imagen, se vuelven irresistibles. Y tanto el Gobierno como el partido de gobierno parecen muy proclives a ello.
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Este 1 de junio se está cumpliendo el tercer año de ejercicio del Gobierno que está en funciones desde 2014, y el momento es más que propicio para analizar con ojo penetrante lo que viene ocurriendo en el país durante los años más recientes, y para desde ahí plantearse perspectivas posibles en función de mejorar la situación nacional, que en tantos sentidos se ha ido deteriorando en el curso del tiempo. Lo primero que habría que tener en cuenta es lo que significa gobernar en la democracia y cómo se manifiesta dicho significado tanto en los resultados concretos de la gestión como en las valoraciones que se hacen naturalmente desde los distintos ámbitos ciudadanos.

Hay algunas realidades que son patentes sin necesidad de análisis mayores, y al respecto podríamos mencionar las siguientes: hay serios cuestionamientos a la eficiencia gubernamental, como puede ejemplificarse en el hecho de que durante el primer trimestre del año en curso la inversión pública sólo llegó al 43% de lo previsto, la más baja en 5 años; resulta notorio que desde el interior del Gobierno hay gran intolerancia hacia las posiciones discrepantes, como se grafica en los ataques contra las decisiones de la Sala de lo Constitucional y de la Fiscalía General de la República; la inconsistencia de las iniciativas para encarar los grandes problemas del país es comprobable con el hecho de que hasta el momento no exista ningún tema en el que se haya logrado sumar voluntades como corresponde para alcanzar soluciones; y la enumeración podría seguir.

Como es previsible, lo que se continúe diciendo desde las fuentes oficiales, y sobre todo en un día como este, apunta a colorear lo que existe a favor de la gestión en curso; pero lo cierto en el plano de los hechos y los datos comprobables es que nuestro país, como señala cada vez que puede hacerlo el sentir popular, va por el rumbo incorrecto, y la resistencia a asumir el desafío sin tratar de desvirtuarlo o desnaturalizarlo agrava aún más las condiciones existentes.

El tiempo que le va quedando a la Administración no solamente es corto cronológicamente hablando sino que es complicado al máximo en clave política, porque al hecho de que no haya ningún signo que apunte hacia los entendimientos entre actores y entre sectores se suma la inminencia de dos eventos electorales cruciales en marzo de 2018 y en marzo de 2019, es decir, a unos pocos meses desde aquí.

Cuando las circunstancias presentan la complejidad que es evidente en estos días, las tentaciones de acudir a cualquier recurso, por extraviado y riesgoso que sea, con tal de ganar algún beneficio inmediato de imagen, se vuelven irresistibles. Y tanto el Gobierno como el partido de gobierno parecen muy proclives a ello. Hay, pues, que mantener una vigilancia puntual sobre lo que se ofrece y sobre lo que se realiza, para salirles al paso a dichas tentaciones temerarias.

Las elecciones que ya están visibles en el horizonte próximo tienen que ser consideradas y asumidas no sólo como un medidor de lo que ha pasado y de lo que sigue pasando sino, sobre todo, como una oportunidad para encarar de mejor manera lo que viene. En esas elecciones se habilita la posibilidad de renovar prácticamente las estructuras de conducción al completo, y en eso el juicio ciudadano tiene que ser muy certero y muy responsable. Lo que está en juego es la suerte del país y de su democracia.
 

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  • Gobierno
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