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Al entrar en esta segunda etapa del año se hace más acuciante la necesidad de actuar responsablemente

No es casual que la ciudadanía, actuando como electorado, esté poniendo nítidamente en claro su descontento con muchas de las prácticas gubernamentales que vienen siendo comunes dentro de nuestra realidad. Y hay que prestarle gran atención al sentir ciudadano.
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En la primera etapa del año en curso, que concluyó con el paréntesis de la Semana Santa, siguieron presentándose múltiples situaciones vinculadas con el estado de cosas que prevalece en el país, caracterizado principalmente por la falta de tratamientos adecuados para los distintos problemas pendientes y por la crónica carencia de oportunidades que viene sufriendo la población desde hace ya tanto tiempo. Durante ese período, la campaña electoral en el plano legislativo y en los espacios municipales fue el acontecimiento más relevante, y sus resultados han hecho historia, no tanto por los números cuanto por los mensajes del electorado.

Ahora estamos iniciando la segunda etapa del año y no cabe duda de que el dinamismo electoral tomará aún más protagonismo, porque lo que tendrá lugar dentro de unos cuantos meses es la definición del liderazgo presidencial para el próximo período que se iniciará el 1 de junio de 2019. Las decisiones de la ciudadanía en las urnas son más articuladas que nunca, y esto indica cómo se va moviendo la lógica del proceso nacional, prácticamente en todos los campos. Y aunque esto parece un fenómeno de índole general, está teniendo sin duda efectos directos e inmediatos en temas y problemas más puntuales, como se ve por ejemplo en la persecución de los procederes corruptos y en el apremio ya insoslayable de garantizar eficiencia en el ejercicio de la función gubernamental, muy en especial en lo que toca a los servicios públicos.

Cuando recalcamos la necesidad de actuar responsablemente estamos haciéndole eco al reclamo persistente y cada vez más impaciente de la ciudadanía por más seguridad, más oportunidades, mayor credibilidad institucional y mejores opciones de futuro. Ya nadie tiene a su disposición ningún tipo de excusas válidas para dejar de lado los compromisos que se asumen al hacerse cargo de cualquier forma de gestión pública.

No es casual que la ciudadanía, actuando como electorado, esté poniendo nítidamente en claro su descontento con muchas de las prácticas gubernamentales que vienen siendo comunes dentro de nuestra realidad. Y hay que prestarle gran atención al sentir ciudadano, no sólo para responderle positivamente en forma adecuada sino también para evitar que en algún momento la impaciencia del gran elector pueda conducir a decisiones aventuradas, como ha sucedido en otras partes, con efectos de muy alto riesgo.

Dentro de la campaña presidencial en marcha se hace también indispensable lograr que la responsabilidad impere. Los partidos y sus candidatos deben asumir tal obligación como algo connatural a la coyuntura que vivimos. Las propuestas y las conductas tienen que estar en esa línea. Que todos entiendan que una campaña presidencial dentro de los parámetros actuales ya no puede ni debe ser un despliegue de palabrería y de gestos superficiales, sino que tiene que ser una muestra de civismo proactivo y de planteamientos consistentes.

El país necesita soluciones y la población reclama soluciones. Hay que integrar ambos propósitos en uno solo, como debe ser.

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