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Al estar ya en la segunda mitad del actual período gubernamental no sólo hay que hacer valoraciones sino también definir proyecciones

En otras palabras, hay que salir de una vez por todas de los enfoques reductivos, dispersos e ideologizados, para pasar a las perspectivas de largo alcance, que son la que miran de veras hacia el futuro. De no ser así quedaremos atrapados dentro de los límites de la ineficiencia, como hemos estado hasta el momento, lo cual acaba siendo la fuente alimenticia de todos los males que nos aquejan.
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El pasado 1 de diciembre concluyó la primera mitad del período presidencial que inició el 1 de junio de 2014 y concluirá el 31 de mayo de 2019. Los 30 meses que ya están corriendo hasta que se produzca el relevo siguiente tendrán dos procesos electorales en el camino: el de los comicios legislativos y municipales de 2018 y el de los comicios presidenciales de 2019. Es decir, en los hechos de la vida política ya nos encontramos en campaña, aunque aún no se pueda reconocer formalmente que es así. En dicho escenario generalmente se dan dos dinámicas entrelazadas: la que hace que los partidos busquen parecer lo más elegibles que sea posible a los ojos del electorado y la que tiende a restringir las relaciones interpartidarias para evitar que éstas puedan favorecer de alguna manera al respectivo adversario. La situación, por consiguiente, es compleja en los hechos, y de seguro tenderá a hacerse así cada vez más en la medida que se acercan las pruebas en las urnas.

Es normal que los gobiernos en funciones, de la línea que fueren, hagan balances a su favor cuando se trata de medir lo que ha acontecido y acontece por efecto de sus correspondientes líneas de gestión; pero lo que verdaderamente puede tener trascendencia real es que, con independencia de lo que se diga, haya voluntad de hacer los análisis y autocríticas que les den a la población y a todas las fuerzas nacionales la debida confianza en que el proceso se dirige hacia las metas del progreso seguro y generalizado. Eso es lo que aún no se pone de manifiesto en nuestro ambiente político, que sigue saturado de conflictividades perturbadoras, de iniciativas intrascendentes y de oportunidades desperdiciadas.

En su Informe de Gobierno 2016, el Presidente de la República no hace un balance estratégico de lo que ha venido sucediendo durante la primera mitad del período, y por ello hay poco que decir sobre el contenido de dicho Informe. Al final del mismo, y en el marco de la conmemoración del 25º. Aniversario de la firma del Acuerdo de Paz, hay un propósito al que habría que seguirle la pista, para constatar si dicha promesa va tomando cuerpo en los hechos. Lo enunciado dice así: “Con el respaldo de todas las fuerzas vivas de la sociedad y el apoyo de instituciones, como Naciones Unidas, impulsaremos un proceso para alcanzar una nueva generación de acuerdos que nos conduzcan a acabar con la extrema pobreza y asegurar el desarrollo económico y social”.

Al respecto, habría que indicar que tal esfuerzo hay que iniciarlo ya, sin más retrasos insustanciales, y que no basta con “impulsar un proceso”, sino que se requiere estructurar una estrategia para impulsar al país hacia adelante en todos los órdenes, y conforme a las condiciones actuales de la realidad nacional e internacional. En otras palabras, hay que salir de una vez por todas de los enfoques reductivos, dispersos e ideologizados, para pasar a las perspectivas de largo alcance, que son la que miran de veras hacia el futuro. De no ser así quedaremos atrapados dentro de los límites de la ineficiencia, como hemos estado hasta el momento, lo cual acaba siendo la fuente alimenticia de todos los males que nos aquejan.

Los próximos meses y años serán sin duda especialmente decisivos para lo que vendrá después. Debemos tener todos visión muy clara al respecto, pues de lo que hagamos o dejemos de hacer en lo inmediato dependerá en gran medida la suerte por venir.

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