Al iniciar el tercer año de gobierno hay que hacer autocrítica sincera para entrar en una nueva fase que beneficie de veras al país

Al hacer un balance desapasionado de lo que se tiene hasta la fecha, los resultados dejan mucho que desear, prácticamente en todos los órdenes.
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Este día se cumplen dos años del inicio de la gestión presidencial actual, y la fecha es más que oportuna para realizar valoraciones de lo que ha ocurrido hasta el momento, en función de asegurar, de la mejor manera posible, que lo que venga en los próximos tres años del período pueda reorientar la gestión hacia metas reales de seguridad, de estabilidad y de progreso en todos los sentidos. Al hacer un balance desapasionado de lo que se tiene hasta la fecha, los resultados dejan mucho que desear, prácticamente en todos los órdenes. En el ámbito de la seguridad es donde hay señales más prometedoras, aunque hay que reconocer que también en esta delicada y turbulenta temática lo que verdaderamente tendrá significación permanente es que las iniciativas hasta ahora impulsadas, y las que puedan venir en seguida, cuenten con las estrategias adecuadas y con la articulación que las vuelva sostenibles en el tiempo.

La situación en que se mueve la realidad nacional es evidentemente crítica, y el principal problema es una cuestión de manejo, ya que las políticas públicas no han sido capaces hasta el momento de imponer la racionalidad sobre la arbitrariedad ni de hacer valer la planificación sobre la improvisación. Hay temas que se han salido de control, como por ejemplo el tema fiscal, que tiene a la institucionalidad pública con el agua al cuello, lo cual no sólo es alarmante sino también peligroso, porque cuando se está en esas condiciones la tentación de hacer lo que sea con tal de resolver apremios inmediatos se puede volver incontrolable, y eso justamente es lo que está pasando con el tema de las pensiones, pues se quiere reformar el sistema no en función del mejoramiento objetivo del mismo sino con el propósito de aligerar la carga financiera del Estado.

La ciudadanía viene manifestando de manera sistemática que es necesario reorientar al país hacia un rumbo que garantice desarrollo y propicie credibilidad. En lo que al desarrollo se refiere, todos tendríamos que estar claros en el hecho de que sólo si hay crecimiento económico suficiente se puede resolver la crisis fiscal que tanto agobia; y para que haya crecimiento económico hay que generar predictibilidad y confianza. Al Gobierno le compete, en primer término, activar todas estas dinámicas, dejando atrás las fijaciones ideológicas y demagógicas. Y, desde luego, se requiere el concurso de todos los sectores y actores nacionales para entrar en esa nueva ruta.

Lo que no se puede ni se debe es seguir como estamos, impulsando proyectos a medias, generando más incertidumbre por la resistencia a integrar esfuerzos para tratar los problemas principales y privilegiando las visiones hacia el pasado sobre las proyecciones hacia el futuro. En lo que toca al espinoso tema fiscal, lo que se necesita es un pacto intersectorial que contenga las normas disciplinarias correspondientes así como las metas que se busca alcanzar para que el país funcione de veras. Y todos estos dinamismos correctivos y proactivos se tienen que impulsar de inmediato, antes de que la maquinaria electoral tome todas las posiciones.

La ciudadanía reclama sinceridad, eficiencia y creatividad. Las fuerzas políticas, en todas las posiciones en que se encuentren, tienen la responsabilidad de responderle al ciudadano por encima de sus propios intereses y aspiraciones. Sólo dando esas debidas respuestas podrán ganar terreno competitivo y asegurar éxitos futuros. Es clave cambiar los chips políticos para salir de todos los estancamientos imperantes.

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