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Al iniciar la segunda etapa del año calendario entramos en una fase decisiva del año político

Esto significa que nuestra funcionalidad democrática va haciéndose valer como lo que es: la conductora natural del proceso; y hacia ella van confluyendo inevitablemente las energías de todos, como en un concierto cada vez más integrado, a pesar de sus propias resistencias.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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2018 es, sin duda, un año decisivo dentro del desenvolvimiento democrático del país, porque la dinámica electoral ha juntado distintos acontecimientos de relevo en áreas cruciales de la institucionalidad nacional. Es muy oportuno recordar este hecho que, aunque resulta cronológicamente evidente, no recibe el análisis abarcador que se requiere para que haya percepciones claras sobre lo que está pasando y sobre las proyecciones correspondientes. Hay nueva legislatura y nuevos concejos municipales ya definidos; dentro de poco tendría que haber nueva Sala de lo Constitucional y dentro de algunos meses tendremos nueva conducción presidencial. Todo esto lo recalcamos con especial énfasis porque todas las señales indican que vamos entrando en una fase institucional con características muy propias, que no es un salto inesperado pero sí un anuncio de renuevos que vienen fraguándose en el tiempo.

Todo 2018 podría asumir un sobrenombre incuestionable: campaña presidencial. Los precandidatos ya están en el terreno, y los de ARENA vienen estando ahí desde hace mucho. En lo que toca al FMLN eso no se ha producido porque la cúpula ha definido su figura predilecta y hoy, con los resultados tan adversos del 4 de marzo, eso también está en veremos. En cualquier caso, la campaña en curso presenta características muy propias, que sólo dejan hasta la fecha una cosa en claro: nada será como venía siendo. Y lo más significativo de este cambio de perspectiva es que dicho cambio no ha sido producto de decisiones partidarias, sino que es efecto de la evolución del proceso. Hemos venido refiriéndonos a tal evolución de manera insistente, y hoy podemos constatar que tal insistencia estaba en clara sintonía con el desenvolvimiento de los hechos. Sigamos, pues, en el empeño ya asumido.

Lo más sintomático de todo lo anterior es que ya no es posible que nadie pueda actuar como conductor de los acontecimientos que ocurren y de los que están por ocurrir: en esa línea, los partidos políticos, que hasta no hace mucho eran capaces de definir el rumbo nacional prácticamente sin resistencias, ahora se hallan expuestos a todas las contingencias imaginables, como quedó patente el 4 de marzo pasado. Esto deja a todos los actores en juego a merced de las circunstancias emergentes, y la ciudadanía, pese a que ha venido ganando cada vez más incidencia en el devenir nacional, tampoco es capaz de hacerse valer como un poder sin límites. Esto significa que nuestra funcionalidad democrática va haciéndose valer como lo que es: la conductora natural del proceso; y hacia ella van confluyendo inevitablemente las energías de todos, como en un concierto cada vez más integrado, a pesar de sus propias resistencias.

En la experiencia más inmediata, lo ocurrido en las urnas el 4 de marzo marcó un hito de alta significación en lo que a toda esta dinámica se refiere. Después de esa fecha, los planteamientos analíticos sobre lo que significa la expresión de la ciudadanía en las urnas no han dejado de hacerse presentes, sobre todo porque la decisiva elección presidencial está a las puertas; y en la mayoría de tales planteamientos se hace ver que los mensajes del electorado no son exclusivos para ningún partido sino que los abarcan a todos. Esto también es otra prueba de que nuestra dinámica democratizadora va tomando cuerpo en toda su magnitud, porque en la democracia lo normal es que la voz ciudadana –con los matices y los énfasis que vengan al caso– se dirija en conjunto a todos aquellos que ejercen su representación, sin exclusiones ni preferencias, porque la realidad es siempre un mosaico plural.

Lo cierto sin ningún género de duda es que los meses que vienen harán que las expectativas nacionales se vuelvan focos de creciente tensión. Veremos la forma en que organiza sus actuaciones la nueva legislatura, estaremos rodeados por una campaña presidencial en la que todos los contendientes, partidarios y personales, pondrán todo lo que esté a su alcance para arribar a las urnas con los mejores augurios posibles, y el apremio angustioso de la problemática de país intensificará su presencia en el ambiente. Pero en medio de todo tengamos presente a cada instante que el proceso del país sigue en pie y en movimiento, no hacia atrás sino hacia adelante, y eso es lo que más debe importar. En semejante panorama nadie puede ser ajeno a la responsabilidad que le corresponde, desde el más sencillo ciudadano hasta el más encumbrado gestor político o social. Hoy la historia nos está viendo de frente.

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