Al iniciarse otra etapa del año todos los actores nacionales tendrían que tomar verdaderamente en serio la crítica situación del país para actuar en consecuencia

Debido fundamentalmente a que los responsables de la conducción gubernamental se vienen resistiendo con tozudez sistemática a entrar en la ruta de una verdadera austeridad, ahora la sostenibilidad fiscal va a la deriva, lo cual nos deja expuestos a todas las eventualidades adversas que es dable imaginar.
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Estamos pasando a la segunda etapa cronológica del año y lo que tenemos cada vez más agudo es el desafío de encarar con verdadera eficiencia y responsabilidad los graves problemas que nos aquejan, muchos de los cuales vienen de lejos. En días recientes, para el caso, el tema fiscal se ha puesto al rojo vivo, porque el Gobierno ha caído en impago de sus obligaciones en el ámbito previsional, lo cual no sólo afecta a la ciudadanía sino también al país, cuya calificación crediticia va deteriorándose con efectos que podrían llegar a ser catastróficos. Debido fundamentalmente a que los responsables de la conducción gubernamental se vienen resistiendo con tozudez sistemática a entrar en la ruta de una verdadera austeridad, ahora la sostenibilidad fiscal va a la deriva, lo cual nos deja expuestos a todas las eventualidades adversas que es dable imaginar.

Este no es un problema de coyuntura, aunque sean los factores coyunturales mal enfocados y mal manejados los que nos han traído hasta aquí: nos hallamos ante el riesgo de la inviabilidad generalizada, que en ninguna forma podría solventarse con medidas improvisadas y de ocasión. Cuando la ineficiencia y la irresponsabilidad se juntan solo puede esperarse lo peor si no hay golpes de timón que pongan la dinámica nacional en los carriles correctos. Y eso implica recomponer el tratamiento de toda la problemática, haciendo que el accionar político y la gestión pública se junten en un propósito de nación.

El país tiene un gran número de tareas pendientes, en lo que se refiere a la modernización democratizadora de las estructuras gubernamentales y en lo concerniente al estímulo de las fuerzas productivas con miras a un verdadero desarrollo; y este cúmulo de trabajo por hacer no puede quedar desatendido por más tiempo en los términos y con las dinámicas que las mismas circunstancias establecen. Al ser así, lo que toca es poner cada cosa en su lugar: la política, el desempeño institucional, el accionar económico y la evolución social. Esta es una tarea en la que todos los actores nacionales tienen que poner lo que les toca, y el ejemplo principal debe darlo el Gobierno, que ya no puede seguir enconchado en ideologizaciones obsoletas ni aferrado a criterios inoperantes.

Continuar acumulando signos adversos, como se da en lo referente a la temática fiscal, es apuntarse a la ruta del desastre. Y aunque no se llegue a éste, el solo hecho de estar moviéndose en esa dirección hace que el país pierda energías, desaproveche oportunidades, fomente desconfianzas y desenfoque perspectivas. Todas las llamadas “fuerzas vivas” tendrían que presionar constructivamente para reorientar el rumbo, como lo pide la ciudadanía cada vez que se le consulta al respecto, con creciente impaciencia porque no se le atiende en la debida forma desde las estructuras del poder, especialmente las de más alto rango.

Es fundamental que la sociedad salvadoreña en conjunto asuma de manera consistente el compromiso de salir de todas las trampas en que se halla inmersa, para poder hacerles frente a sus diversas problemáticas con verdadero espíritu de superación.

Y el hecho de que las elecciones de 2018 y de 2019 estén a las puertas debe servir de acicate para reconsiderar actitudes y revalorizar realidades, todo ello en función de ponerse a tono con lo que los tiempos demandan y la ciudadanía requiere.
 

Tags:

  • austeridad
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