Al magisterio salvadoreño

Juan Amós Comenio, desde 1637, concibió la escuela como “el único lugar para una educación gradual”, los padres de familia entregaban a sus hijos para “la formación de su mente y corazón”. En esta institución los maestros ejercían su Magisterio: “la enseñanza y el gobierno en sus discípulos” y para una eficiente labor nacieron las Escuelas Normales que “normaban y reglamentaban la enseñanza” para formar maestros y estos a sus alumnos. Los perfiles del maestro y del ciudadano a formar son las guías ideológicas de ambos procesos. ¿Los practicamos ahora?...
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Según Diarios Oficiales de julio y diciembre de 1939 y mayo de 1940 durante la reforma de la educación primaria, el general Maximiliano Hernández Martínez firmó diferentes decretos relacionados con los profesores: la Ley de Escalafón de Maestros de Educación Primaria y sus reglamentos, el Plan y Programa para la Enseñanza Primaria Urbana, y para la Enseñanza Primaria Rural, Disposiciones para calificar (evaluar) a un profesor. Había además, Programa de Moral jornalizado para el año escolar, con sus propósitos, objetivos y contenidos; resaltaban La Naturaleza, el respeto y el amor a Dios. La evaluación del maestro para efectos escalafonarios se basaba en los aspectos: intelectual, físico, moral, cívico social y atención a las necesidades del niño, descritos para llevarse a la práctica pedagógica diaria, registrada en libros especiales y bajo la observación inquisitiva y autoritaria del inspector escolar. En esa época existían escuelas normales del Estado, unas cuantas privadas y “secciones normales”. Por ley había jornadas de capacitación docente de obligatoria asistencia, el primer sábado de cada mes del calendario escolar.

Al leer críticamente los contenidos de los decretos, en mi opinión, su cumplimiento requería una alta calificación profesional y pareciera que el soporte era la vocación del maestro y la coerción autoritaria de la época.

Y ahora, a 75 años de distancia ¿qué tenemos?: una formación y capacitación docente con avances tecnológicos modernos pero ineficientes en nuestra realidad, una práctica pedagógica limitada por cuestiones del entorno, actitudinales, materiales, políticas, económicas y sociales: ¿Cómo hace el maestro para integrar a los padres de familia a la formación de sus hijos, si la familia está desintegrada? ¿Cómo formar a niños cuya madre lo envía a pedir o lavar parabrisas para su sostenimiento? ¿Cómo orientar a un niño violento, si proviene de un ambiente familiar y comunal similar? ¿Cómo corregir a un niño cuyo padre de familia lo denuncia de acuerdo con la Ley de Protección a la Infancia y Adolescencia (LEPINA)? ¿Y el director de la escuela que desea gestionar mejoras en el edificio o en la calidad de la enseñanza pero las comunidades están sometidas a la vigilancia y a los dictados de la delincuencia local? ¿Y qué decir de los docentes que caminan 2, 3 y más kilómetros para el trabajo: a pie, en bicicleta, en motocicleta, en pick up o a lomo de mula y que además es extorsionado por delincuentes, sin quejarse a las autoridades porque esto equivale a muerte?... Y así, mis queridos colegas, nos encontró el 22 de junio, con severas problemáticas sociales y personales, pero nadie nos quitará el delicioso sabor de las experiencias con buenos alumnos y sus padres, el modesto regalito con bella sonrisa, aquellos actos artísticos que organizaban “sorpresivamente”; los cantantes, bailarinas, declamadores, ¡los mejores del mundo...! Los inocentes y sinceros abrazos, el profundo agradecimiento: ¡Gracias, maestro, por sus enseñanzas...! del profesional formado.

¡Dulces himnos cantemos de gloria al maestro abnegado en loor y ensalcemos doquier su memoria entre cantos sublimes de amor...! ¡Dios fortalezca su vocación!
 

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