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Al servicio de la Constitución...

El artículo 152 de la Constitución seguramente levantará la gran polémica del año; su redacción es muy sencilla o simple, pero su interpretación podrá causar un gran debate con la candidatura de Elías Antonio Saca; es muy posible que el día que Saca se inscriba de candidato formalmente ingrese de manera inmediata un recurso de inconstitucionalidad, a la temida Sala de lo Constitucional (de hecho ya había un recurso de carácter preventivo).
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El artículo 152 señala: “No podrán ser candidatos a Presidente de la República: 1º.-El que haya desempeñado la Presidencia de la República por más de seis meses, consecutivos o no, durante el período inmediato anterior, o dentro de los últimos seis meses anteriores al inicio del período presidencial; (…)” y se agregan seis criterios más que no ingresan a este debate (cónyuges y parientes; Presidente de la Asamblea y de la Corte Suprema, Ministros, Viceministros o Presidentes de Autónomas; Militares; Vicepresidentes y Designados a la Presidencia; y las restricciones de candidatos a Diputados del art. 127).

La polémica sobre este artículo oscila entre los límites de la semántica, la semiótica, el poder, el lenguaje jurídico y vaya a usted a saber cuántas cosas más.

No sabemos, en realidad, qué quisieron definir los “constitucionalistas de 1983” cuando establecieron la restricción de ser candidato al que haya sido presidente en el período anterior...; es más, tenemos la duda histórica de si “el anterior” se refiere “al que está” o “al que va a estar”...

Más allá de la parodia del párrafo anterior, el debate debería centrarse sobre la falta de ética de los políticos que continuamente ponen en jaque al sistema legal y como si fuera diversión acorralan con sus decisiones y acciones a la Sala de lo Constitucional; y para colmo, luego se quejan de las resoluciones porque no están articuladas a sus aberrantes criterios ideológicos, mezquinos y partidocráticos, que solo buscan mantener y reafirmar su statu quo de seguir sirviéndose de las arcas públicas, de contar con privilegios y poder, evitando así regresar a la posible realidad de su mediocridad, ineficiencia y anonimato.

Qué difícil resulta el proceso de madurez democrática cuando las instituciones comienzan a funcionar como debe ser; apenas se asoma un atisbo de independencia de poderes que erosiona las costumbres, creencias y pseudovalores del poder absoluto y se genera un verdadero caos, que termina afectando más a la ciudadanía y al crecimiento económico. Nos gusta el discurso y la teoría de Montesquieu, mas no que las cosas funcionen...

Este proceso de desarrollo orgánico de nuestra democracia ha invertido radicalmente las posturas, valores y roles; el partido que fue oposición y que ostentaba solamente la fuerza ética de sus bases sobre criterios revolucionarios hoy es un poderoso jugador económico; mientras que el partido que parecía monolítico, por sus puntales financieros y mediáticos, se dividió. Lo único que se mantiene cuestionablemente estable y cuestionablemente ético es esa postura de los partidos menores que no se rigen por su ideología, sino que están al servicio del poder, negociando con el poder y al servicio del poder, a cambio de sus cuotas de supervivencia.

El hecho que en el pasado todo estaba perfectamente alineado e hilvanado por los núcleos del poder militar o económico no es excusa para afirmar que es nuestro turno, y cálense la venganza de la alternabilidad, hay principios revolucionariamente mayores.

Como sea, necesitamos una clase política al servicio del pueblo y de la Constitución, sean de derecha o de izquierda; y sobre todo, que sean verdaderamente salvadoreños, de honradez y de competencias notorias... y esto se nota y se mide.

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