Albertillo

Me llamó la atención su seriedad. Le pregunté su nombre. “Me llamo Alberto”, me dijo, “pero mi abuela me dice Albertillo”. Doce años tristes se enroscan débilmente en su cuerpecito frágil. Vino de Jiquilisco a la capital hace seis años. No conoce al papá que murió de pesar tres meses después de que le mataron a su hijo de 20 años que estaba en el ejército.
Enlace copiado
Enlace copiado
De piel morena con palidez de cirio me lo encontré en “la cola” de la caja de un “súper”. Albertillo esperaba para comprar sal. Platicamos y con aires de niño-hombrecito, con desparpajo inocente pero con un leve rictus de amargura que se dibujaba en sus delgados labios me contó que vive con la abuela que echa tortillas en un “jediondo” suburbio de Mejicanos. La abuela muele un “medio” de maíz a mediodía y otro “medio” por la tarde y Albertillo sale a vender tortillas por el vecindario. Viven en un cuarto de cartón y láminas y pagan veinte colones por el alquiler. En una ocasión un hermano “mariguano” le prendió fuego al cuarto y su abuela “lo metió a la cárcel” pidiendo que lo tuvieran allí por muchos años.

Albertillo es aprendiz de zapatero por las mañanas. Con mucho entusiasmo me dijo: “Primero Dios algún día seré dueño de un taller de zapatería”.

Me contó que su mamá vive en un tugurio en Soyapango con un hombre que “es algo bolo”; que llega donde la abuela de Albertillo algunos domingos y le ayuda a echar tortillas, pero dice que si encuentra a algún hombre dispuesto, acepta ir a dar “un vueltín” y que si le llegan más hijos dice que allá ellos porque ella solita nació y así quiere morir. Esto fue en la década de los ochenta.

¿Cuántos miles de Albertillos “sobreviven” y mueren en este pequeño país de las tristezas?

[email protected]
 

Lee también

Comentarios

Newsletter