Alcances de la libertad de expresión

El estado de libertad de prensa y expresión en un país es un síntoma de la robustez de su democracia. Los países donde no hay libertad de expresión y el Estado es el que controla todas las comunicaciones suelen ser naciones con democracias restringidas o, sencillamente, lugares donde la democracia no está presente o, peor aún, se le combate.
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Cuando uno busca una información en los medios de comunicación cubanos, por ejemplo, se da cuenta de que parece que son “varias voces”, pues resulta que lo mismo que difundió Gramma está, tal cual, en Juventud Rebelde o se distribuyó a través de Prensa Latina, la agencia de noticias. Entonces, no hay libertad de expresión o de prensa, sino un coro de “medios” que repiten la propaganda del régimen (algo similar ocurre aquí con ciertas publicaciones digitales que replican la agenda propagandística del mismo funcionario).

Estados Unidos es el polo contrario: una multiplicidad de medios de comunicación de todo tamaño, agenda, intereses y tonos, donde pocas veces hemos visto que estén alineados férreamente con la voluntad del Estado. Esto no quiere decir, sin embargo, que haya abusos, como los intentos, cada vez más frecuentes, de querer procesar penalmente a periodistas por sus publicaciones o los recientes ataques a través de redes sociales de parte del presidente Donald Trump contra los periodistas y medios que le son críticos. Esto último no ha sido la norma en Estados Unidos, donde los jefes de Estado suelen ser personas comedidas y respetuosas del periodismo, pero que hoy es una realidad cotidiana. Sarah Huckabee Sanders, la vocera de la Casa Blanca, lo describió perfectamente: “No creo que el presidente haya sido nunca una persona a la que ataquen y no responda al empujón... Este es un presidente que combate el fuego con fuego y no se va a dejar intimidad por la prensa liberal, las élites liberales de los medios o de Hollywood, o por nadie”. Esto fue lo que dijo después de que el presidente Trump llamó “loca” a la presentadora de televisión Mika Brzezinski y decir que un tratamiento estético la hacía “sangrar de la cara”, además de calificar de “psicópata” a Joe Scarborought, su compañero en el programa “Mornig Joe”.

En El Salvador, lastimosamente, también tenemos nuestros referentes. Esta semana tuvimos dos muestras de ello. Un tribunal avaló el proceso periodístico realizado por LA PRENSA GRÁFICA y consideró que no procedía el reclamo de derecho de respuesta del alcalde de San Salvador, Nayib Bukele, porque precisamente él renegó de él cuando reporteros buscaron, por diferentes vías, su versión sobre un hecho. No es como dijo su corifeo de seguidores que el tribunal había dado permiso de dar datos falsos, sino que el funcionario, en un intento de boicotear la publicación, no dio su punto de vista. Ya hay jurisprudencia al respecto, como la emitida por la Corte Suprema de Justicia en relación con otro caso sobre un director en funciones de la Academia Nacional de la Policía, que rechazaba el escrutinio público, siendo él mismo un funcionario público.

El otro tema que marcó la semana fue la denuncia de censura del programa “Así estamos”, del periodista Rafael Domínguez, que el viernes suspendió transmisiones en el Canal 8 por presiones de funcionarios del Gobierno, a una de cuyas dependencias pertenece la frecuencia del Canal 8.

Realmente no se puede negar que hay avances en nuestra democracia. Pero también tenemos retrocesos, lo que nos recuerda que, como ciudadanos, nunca debemos bajar la guardia.
 

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