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Alegría y esperanza

La Iglesia quiere recordarnos en su liturgia que la vida del cristiano no puede ser triste, ha de ser alegre, porque nos sabemos hijos de Dios y de Nuestra Madre, la Virgen Santísima, que es Madre de Dios, pero que también lo es nuestra, por deseo de su Hijo, que nos la dio desde la Cruz.
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El papa Francisco recordó durante una de sus homilías que el cristianismo no elimina el dolor, sino que lo dota de un nuevo sentido gracias a la acción salvífica de Jesucristo.

El Evangelio nos narra que Jesús advierte a los discípulos que estarán tristes, pero esa tristeza cambiará en alegría.

Esto es lo que hacen la alegría y la esperanza juntas, en nuestra vida, cuando estamos en las tribulaciones, cuando tenemos problemas, cuando sufrimos. No es una anestesia. El dolor es el dolor, pero vivido con alegría y esperanza te abre la puerta a la alegría de un fruto nuevo.

Esta imagen nos puede ayudar mucho en las dificultades; dificultades muchas veces feas, dificultades malvadas que también nos pueden hacer dudar de nuestra fe... Pero con la alegría y la esperanza vamos adelante, porque después de esta tempestad llega un hombre nuevo, como la mujer cuando da a luz. Y esta alegría y esta esperanza Jesús dice que es duradera, que no pasa.

Una alegría sin esperanza es una alegría pasajera. Y una esperanza sin alegría no es esperanza, no va más allá de un sano optimismo. Pero la alegría y la esperanza van juntas, y las dos hacen está explosión que la Iglesia en su liturgia grita: ‘¡Exulte tu Iglesia!’, exulte de alegría. Sin formalidad, porque cuando hay alegría fuerte, no hay formalidad: es alegría.

El Señor nos dice que habrá problemas”, pero “esta alegría y esperanza no son un carnaval: son otra cosa. La alegría hace fuerte la esperanza y la esperanza florece en la alegría, y así vamos adelante. Pero las dos, esta actitud que la Iglesia quiere darles a ellas, estas virtudes cristianas, indican un salir de nosotros mismos. La persona alegre no se encierra en sí misma, sino que la comunica a los demás.

La alegría puede ser arrancada casi por cualquier cosa, por cualquier dificultad. Pero Jesús da una alegría que nadie puede arrancar, y así la alegría de los discípulos después de que Él ascendió a los Cielos.

Jesús se va, asciende al Cielo, y aunque a ellos la realidad de quedarse sin su Maestro, sin su Amigo, sin su Amor, los entristece, Él los consuela diciéndoles que les conviene que se vaya, porque si no se fuera, el Espíritu Santo no vendrá para ellos.

Pasan unos días, pocos, y el Espíritu Santo se posa en sus cabezas y en sus almas y los transforma. Y los lanza a predicar el Evangelio, la Buena Nueva a todas las gentes de todos los rincones de la tierra.

Como ya Jesús les había anunciado que “el discípulo no es más que el maestro y si a Mí han perseguido, a vosotros también os perseguirán”.

Efectivamente, los Apóstoles van por el mundo predicando la Palabra de Dios, y las persecuciones y los sufrimientos no se hacen esperar: padecen todo género de vejámenes y muchos de ellos terminan siendo mártires de la fe: entregando su vida a Dios de manos de los enemigos de Cristo.

Vamos a decirle al Señor que estaremos alegres de padecer por Él todos los dolores –si los permitiera– en nuestra vida y también a gozar de todas las alegrías, que seguramente las habrá en abundancia: agradezcámoslas al Señor sus cuidados.

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