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Alejandro Cotto en el recuerdo

Conocí a D. Alejandro (se me hace difícil hablar de él omitiendo el Don) en la primera excursión que realicé en compañía de mi mujer, un domingo de noviembre, a los 3 días de nuestra llegada a El Salvador.
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El pasado 6 de junio se cumplieron dos años de la muerte de Alejandro Cotto, una de las figuras señeras de la cultura salvadoreña contemporánea y una de las personalidades más fascinantes que tuve el privilegio de conocer y de tratar durante mis años como embajador de España en El Salvador.

Conocí a D. Alejandro (se me hace difícil hablar de él omitiendo el Don) en la primera excursión que realicé en compañía de mi mujer, un domingo de noviembre, a los 3 días de nuestra llegada a El Salvador. Mi compañero Román Escohotado, cónsul y encargado de los asuntos culturales, me había hablado de las bondades y el interés de un pueblo que aún conservaba la atmósfera y la estructura de la época colonial. Sí, mi querido y admirado Román, un muchacho formidable, gran profesional y excelente persona, quien fallecería pocos años después en plena juventud. Con estas líneas desearía mandar un abrazo afectuosísimo a su mujer Alejandra y a su hijo Diego.

Desde el primer momento quedé fascinado por Suchitoto y por el personaje que Román me presentó. La ciudad me pareció una auténtica joya arquitectónica, un lugar que había conseguido preservar en buena manera su pasado, resistiendo heroicamente el demoledor embate del progreso y del desarrollo que a menudo conlleva desgraciadamente el sacrificio de las señas de identidad de una comunidad.

Pero el impacto que ese pueblo dejó en mí no hubiera sido igual si no hubiese conocido al mismo tiempo en mi primera visita a D. Alejando y su Casa de los Recuerdos. Bajo una apariencia de fragilidad e ingenuidad se escondía una poderosa personalidad, un hombre lleno de fuerza, de ilusiones, de sueños y de energía creadora y vital, pese a su avanzada edad.

En esa casa maravillosa, esa especie de Bomarzo centroamericano, un lugar único, reflejo de la personalidad de D. Alejandro, con una espléndida e inigualable vista sobre el Embalse Cerrón Grande del río Lempa, mantuve conversaciones memorables con el maestro intercambiando opiniones sobre el cine, la música, el arte, la literatura, el mundo, España y El Salvador. Siempre con una buena botella de vino, normalmente español, y a menudo en compañía de amigos que venían a visitarme y a los que yo llevaba a conocer la Antigua o el Toledo salvadoreño, como denominábamos a Suchitoto.

En un documental titulado “La Casa de sus recuerdos” decía D. Alejandro que el cine le gustó desde el primer momento que tuvo contacto con él, porque le parecía una “forma nueva de contar historias, una forma maravillosa y fantástica de contar cuentos”. Trabajó con directores de la talla de Julio Bracho, Luis Buñuel o John Huston, hizo películas que recibieron importantes premios aunque probablemente no llegó a ser comprendido por muchos de sus coetáneos que veían en él a un bohemio soñador que vivía en un mundo irreal y fantasioso.

Al estallar la guerra en el país, Cotto estaba en Argentina, pero regresó a su ciudad para acompañar a sus conciudadanos en un momento especialmente trágico. Él mismo decía que se convirtió en el párroco del pueblo, llegando incluso a predicar; y en la Semana Santa “organizaba las procesiones para que la gente se mantuviese animada, cerca de Dios, cerca del consuelo”.

Alejandro Cotto consagró su vida a fomentar el desarrollo económico, cultural y turístico de Suchitoto, convertido hoy en día –en buena parte gracias a su generoso esfuerzo– en un polo de atracción para los amantes del viaje y la cultura en general.

Uno de sus últimos gestos fue donar al pueblo salvadoreño su Casa Museo. Ese espacio único con más de un centenar de cuadros de sus amigos artistas, numerosas distinciones –no todas bonitas– recibidas a lo largo de su carrera y esculturas originales, muchas de ellas de carácter religioso. La misma casa en la que pidió ser enterrado, en ese bello jardín, debajo de un amate desde el que se puede apreciar la belleza del río Lempa.

Volví muchas veces a Suchitoto, sobre todo porque la Cooperación española estaba comprometida con la recuperación y rehabilitación del pasado histórico artístico de la localidad. También fue emocionante llevar allí a Sus Majestades los Reyes de España durante su visita oficial a El Salvador en 2007.

Alejandro Cotto era también un gran amigo de España y del mundo hispánico. Por eso pude imponerle en mi residencia la Encomienda de la Orden del Mérito Civil en junio de 2006. Aún recuerdo con emoción las hermosas palabras que pronunció llenas de cariño y admiración hacia mi país.

Cuando vuelva a Suchitoto no dejaré de visitar la Casa Museo de D. Alejandro. E inevitablemente recordaré el inmenso privilegio que tuve de conocer a un hombre bueno, sabio, sencillo, generoso, sensible y culto que amaba la vida y que luchó incansablemente por impulsar el progreso de su ciudad y del país en el que nació.

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