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Algunas líneas más sobre la cuestión vital de la tolerancia

La tolerancia exige un entrenamiento y un aprendizaje que deben hacerse desde las primeras fases del desarrollo, tanto de las personas individuales como de las organizaciones y colectividades.
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El pasado sábado, en este mismo espacio de reflexión y de opinión, nos referimos al tema de la tolerancia, que siempre despierta sentimientos y criterios encontrados, porque está en directa relación con una actitud humana que requiere el control de impulsos muy arraigados en la conducta común de los seres humanos. Según el Diccionario de la Lengua Española, al que acudimos a cada instante para tener la máxima seguridad posible en el manejo siempre evasivo de las palabras, tolerancia es, en su primera acepción sustantiva, el “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”. Por eso hay que reconocer sin reservas que la tolerancia y el respeto van naturalmente de la mano, en cualquier circunstancia en que se dé un fenómeno de interrelación o de convivencia.

En el uso común, se tiende a confundir tolerancia con complacencia, con aquiescencia, con sumisión, con indiferencia y hasta con complicidad. Así, por ejemplo, se dice que no hay que ser tolerante con las conductas impropias, indebidas o delictuosas. Desde luego, aceptar tales formas de comportamiento no es una expresión de tolerancia, al menos en el sentido vital e inspirador de tal concepto. Y es que el término “tolerar” también tiene otras acepciones, como “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”, según el Diccionario de la Lengua Española; o “no oponerse, por abandono, a las extralimitaciones de alguien”, según el Diccionario de Uso del Español, de María Moliner. Es claro que al hablar de la tolerancia requerida para una interacción positiva y constructiva nos referimos a la acepción indicada en el párrafo anterior.

Como es comprensible de entrada, la tolerancia exige un entrenamiento y un aprendizaje que deben hacerse desde las primeras fases del desarrollo, tanto de las personas individuales como de las organizaciones y colectividades. No es que los seres humanos seamos intolerantes por naturaleza: es que la falta o insuficiencia de la educación del carácter y de la conducta tienden a hacer que las emociones se manifiesten de manera descontrolada y por ello fácilmente abusiva y atropelladora. Y eso lo vemos poniéndose de manifiesto en el día a día en cualquier latitud, aunque los niveles y grados de intolerancia y de tolerancia varíen según sean las historias tanto personales como sociales. La intolerancia desintegradora prospera donde el autocontrol está ausente. Y la tolerancia virtuosa germina donde el autocontrol se hace sentir.

Nuestra sociedad ha venido contaminándose progresivamente de distintas formas de intolerancia malsana y a la vez, como complemento perverso, de diferentes expresiones de tolerancia también malsana. Somos, sin duda, una sociedad contaminada al máximo, a la luz de las irresponsabilidades recurrentes de las élites y de los liderazgos predominantes y de la falta, en consecuencia, de un ordenamiento generalizado, que permita enfilar todas las conductas, tanto públicas como privadas, hacia lo que es una convivencia verdaderamente comprometida con la estabilidad y con el progreso. En otras palabras, lo que nos está faltando desde siempre es potenciar la tolerancia que implica respeto básico y desactivar la intolerancia que impide avanzar con fluidez histórica en el ámbito de una auténtica democratización.

En la raíz de todo esto hay un problema de formación básica, que merece la máxima atención. En el país, cuando se ha hablado de educación y de renovación educativa, lo que se ha hecho es aplicar planes puramente técnicos, casi siempre desconectados de nuestras verdaderas realidades. Esto en el área de la educación formal. En lo tocante a la educación familiar y a la educación social, el deterioro progresivo se hace evidente y notorio en los hechos. La familia prácticamente ha dejado de cumplir la función formadora elemental que le corresponde. La sociedad, por efecto de su división y fracturación progresivas, lejos de ser maestra en el buen ejemplo se ha vuelto promotora del mal ejemplo. Las consecuencias no son ocultables ni disimulables: gran parte de nuestras agonías históricas arrancan de ahí.

Hay que entender que la intolerancia es uno de los principales viveros de la violencia. Vista nuestra turbulenta experiencia al respecto a lo largo del tiempo, no es de extrañar que la violencia se haya instalado tan cómodamente en los distintos ámbitos de nuestra realidad y que desarrollara un poder tan dominador. Los intolerantes se creen fuertes y seguros, cuando en realidad son todo lo contrario. Propongámonos, pues, como personas, como organizaciones y como comunidad nacional, dejar atrás ese maleficio autodestructivo.

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  • directa relacion
  • respeto a las ideas
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