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Algunas reflexiones sobre el poder de la presencia

Tomemos conciencia del presente, para que el presente no se nos convierta en un rompecabezas sin fin. Tomemos conciencia de ello y démosle a esa conciencia la virtud dinámica que nos permita autorrealizarnos en forma progresiva.
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En el inicio del año —aunque el reparto del tiempo que hace el calendario sea una especie de fantasía aparentemente inmutable—, como que se le abren a uno algunas pequeñas gavetas del subconsciente, de donde siempre salen impulsos valiosos sobre la vida en los meses por venir. En primer lugar, la sensación de vida, que es la base de todo. Nos encontramos aquí, para el ser y para el estar, que jamás dejan de hallarse enlazados. Este día, pues, al emprender el recorrido de la columna para el sábado 26 de enero, quiero tener presente esa sensación: la de estar aquí, siendo lo que soy en busca de lo que quiero ser. Un capítulo más de la anhelada autorrealización, de cuyo efectivo desenvolvimiento depende que el estar aquí tenga verdadero sentido. Y esto es como asomarse a un balcón, el mismo balcón, para atisbar el paisaje, que nunca es el mismo.

La presencia es estar presente; y ese estar presente es la única forma identificable del presente. En otras palabras, aquí vuelve a graficarse el poder de la sabiduría popular, decantada de manera inagotable a lo largo del tiempo: todo es según el color del cristal con que se mira. Y el cristal está en cada conciencia. El presente es mi presente y su presente, y sólo de la suma de todas esas percepciones individuales puede sacarse el común denominador del momento histórico por el que todos vamos avanzando. Y si el presente es presencia, ahí está su principal diferencia con el pasado y con el futuro.

El pasado, herencia aleccionadora pero ya fija en sí misma. El futuro, perspectiva que sólo al volverse presente dirá lo que verdaderamente es. Moraleja: la presencia es el único recurso que tenemos para ejercer la vida.

Esta reflexión, que parece teórica pero que es práctica por naturaleza, conduce o debería conducir a dos convicciones fundamentales: es absurdo estar atado al pasado, en ideas, en prejuicios o en cadenas emocionales; y también es absurdo querer atarse al futuro en busca de sentido para el presente. Y ya teniendo el presente como lugar insustituible de destino, la tarea consiste en hacer de ese presente el mejor lugar posible de destino.

“Nadie habla mal de su casa aunque se esté cayendo” era frase común en aquellos entonces; pues bien, si el presente es nuestra casa destinada, lo que nos toca es hacerla habitable y vivible, en el máximo de posibilidades, cualesquiera fueren las condiciones y las circunstancias que toque afrontar. Y eso es lo que cada vez se reconoce menos y se acepta menos, con los efectos de frustración que están a la vista.

En días recientes, hemos conocido los resultados de dos investigaciones que dejan muchas dudas en el aire, porque en ambas hay connotaciones que parecen rozar lo inverosímil. En una de ellas se concluye que El Salvador es uno de los países en que la gente es más feliz; en la otra se afirma que El Salvador es uno de los países menos indicados para nacer. Dan ganas de preguntarse: ¿En qué quedamos?

Quizás la clave de tal interrogación inevitable está en el juego de las percepciones, que nunca es lo que imaginamos, y por consiguiente escapa a cada instante de nuestro control. Siempre hay que hacer un esfuerzo vital y existencial para ordenar las percepciones, a fin de hacer posible que cada quien sea capaz de convertirse en gestor y beneficiario de su propio presente, que es lo único seguro que tenemos. En el país nunca le hemos tenido respeto al presente, y eso ha hecho que tanto las vidas personales como la vida nacional se hayan venido moviendo en la más desprotegida provisionalidad. Este es el problema de fondo de nuestro modo de ser establecido, y en tanto no le demos respuestas adecuadas al presente que va moviéndose en el tiempo no les hallaremos soluciones a los distintos problemas que la realidad trae consigo. Por eso es esencial reconocer los desafíos y las oportunidades de cada momento histórico, pues si eso no se hace no hay forma de identificar las tareas que el devenir nos depara. Tomemos conciencia del presente, para que el presente no se nos convierta en un rompecabezas sin fin. Tomemos conciencia de ello y démosle a esa conciencia la virtud dinámica que nos permita autorrealizarnos en forma progresiva.

El consumismo galopante que se nos ha impuesto —aquí y en todas partes— viene construyendo un laberinto de barreras para la autorrealización. Es cierto que necesitamos cosas que satisfagan necesidades y aspiraciones, pero eso tendría que irse persiguiendo y logrando sin perder de vista que somos seres de cuerpo y de alma, estemos donde estemos y tengamos lo que tengamos. Se impone, pues, el imperativo de sembrar, fertilizar y fumigar el presente para esperar cosechas que merezcan el calificativo de tales.

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