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Alianzas, prejuicios y realidades

El FMLN sostiene en la actualidad una alianza legislativa con tres partidos que van del centro a la derecha, mientras que ARENA ha impulsado una alianza con sectores de la sociedad civil que van del centro a la izquierda.
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Estos dos hechos desconciertan y confunden a una buena parte de la ciudadanía que ve este fenómeno como una mezcolanza reprobable o al menos sospechosa.

Pero hay que decir que tal situación no es una novedad en nuestra historia. Cito algunos antecedentes.

En 1969, el Partido Comunista dio su respaldo al régimen militar en su guerra contra Honduras. En 1976, cuando el presidente coronel Armando Molina intentó promover una transformación agraria limitada, enfrentó una radical oposición tanto de los terratenientes como de la izquierda armada, pero contó con el apoyo del Partido Comunista, la UCA y la Unión Comunal Salvadoreña, que era una organización financiada y asesorada por Estados Unidos. De 1972 a 1977, comunistas, social demócratas, demócratas cristianos y militares progresistas se aliaron en la Unión Nacional Opositora.

Finalmente, el ejemplo más contundente: en los años ochenta, mientras la democracia cristiana se movía hacia la derecha y pactaba con los militares y con Estados Unidos, gran parte de la Iglesia católica se radicalizaba hacia la izquierda y apoyaba a un FMLN guerrillero conformado como una alianza entre comunistas, no comunistas y anticomunistas.

La confusión ante este tipo de asociaciones se da cuando se ignora la diferencia entre dos conceptos básicos: unidad y alianza.

En su infatigable labor de pedagogía política, Dagoberto Gutiérrez ha insistido en la distinción de ambas nociones: se unen en un partido quienes piensan igual, es decir, quienes comparten la misma ideología; se alían en un frente quienes, aun pensando de manera distinta, es decir, no compartiendo la misma ideología, tienen en determinado momento intereses comunes.

La definición planteada por Dagoberto Gutiérrez es inmejorable: “La unidad es un acuerdo sellado con cemento ideológico; la alianza es un acuerdo sellado con cemento político”. La primera, basada en la identidad, supone permanencia y lealtad total; la segunda, fundada en la diferencia, es de naturaleza coyuntural y solo requiere algunos compromisos puntuales. En general, lo que justifica las alianzas políticas es la necesidad de sumar todos los esfuerzos necesarios para derrotar a un adversario común, y para viabilizar el cumplimiento de un programa de consenso.

Todo eso implica que no escogemos a nuestros aliados porque nos sean simpáticos o aprobemos en todo punto su pensamiento y acción, sino solo porque, en una fase determinada, nos son imprescindibles, si no para la conquista directa o inmediata de nuestros objetivos estratégicos, sí para colocarnos en mejor posición y avanzar hacia esos objetivos. Pero esto vale lo mismo para todas las partes de una alianza. Entonces no hay tonto útil, en ningún caso, sino colaboración mutua y consciente regida por un acuerdo, mismo que debe ser claro y preciso en cuanto a los deberes y los derechos de cada una de las fuerzas.

Los sandinistas de los años setenta entendieron muy bien el tema de las alianzas, y conquistaron el poder con un rápido empuje insurreccional. Los revolucionarios salvadoreños de esos mismos años no resolvieron ese problema: habiendo forjado una relación conspirativa con un sector del ejército, rompieron esa alianza justo cuando ese sector protagonizó el golpe de Estado de 1979. Sin el respaldo de la izquierda y más bien con su boicot, los militares progresistas fueron gradualmente aislados y desplazados por sus colegas conservadores. Entonces se perdió la oportunidad histórica de parar la violencia política y se impuso la guerra abierta, que no ganó ninguno de los bandos pero que perdió el país entero.

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