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Amigos

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Cristian Villalta

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Desde el momento en que se levantó de la silla, los salvadoreños han demostrado valer más que su presidente.

Para el país, la tentación de entregarse a una vorágine de insultos, de rebajar al resto de instituciones una vez vulgarizadas la presidencia de la República, la Fuerza Armada, la PNC y la Asamblea Legislativa, y de revivir los odios cultivados durante las últimas tres décadas era fuerte.

Pero no; resulta que nuestra nación le tiene más aprecio a la democracia que al autoritarismo, y que ni siquiera la mayoría de edad del plan mano dura, ese Frankestein de Paco Flores al que Nayib quiere ponerle su apellido, prepararon el ánimo nacional para abrazar unos minutos de militarismo.

Vivir en democracia supone siempre perder todos un poco, por eso vale la pena sólo si perseguimos los mismos ideales. Claro, tras una historia contemporánea como la nuestra, es impensable que alguien se oponga a los ideales que continúan alentándonos a vivir de esta manera; en esta coyuntura, en este trance de la crónica salvadoreña, los intolerantes pretenden acabar con el orden en que vivimos pero haciéndolo desde el sistema mismo, reclamando "una verdadera democracia" que repudia la que hay, y con la agenda de una facción.

La pretensión no es ni siquiera totalitarista sino que raya en lo autocrático; el Bukele funcionario, depositario del poder público a través de la democracia participativa, se proclama a sí mismo centro de la voluntad de todos. Dos ingredientes lo vuelven peor: lo hace pretendiendo dinamitar a otro poder del Estado mencionando una insurrección de la cual él no podría nunca ser vocero sino en todo caso víctima; y lo hace a propósito de un trámite legislativo.

Que haya espíritus que confundan a la multitud con los muchos, y a los muchos con los todos es válido; no hay que pasar la PAES para ser youtuber, pues. Pero que el jefe del Ejecutivo no sepa una letra de constitucionalismo y que no tenga inteligencia emocional es un mix terrible, nada bueno para la salud de nuestra República.

Sin embargo, ahí adonde termina la furia y la diatriba del mandatario contra los partidos políticos empezó justamente la demostración de la ciudadanía, que respondió con desaprobación y con silencio. Los principales censores del ridículo del 9 de febrero no fueron el cuerpo diplomático ni las gremiales empresariales, sino los ciudadanos de a pie que suficiente tienen con seguir soportando las restricciones a su movilidad, la militarización de sus espacios y la deficiencia de los servicios básicos como para almorzarse el domingo un homenaje al general Molina, y pagado con sus impuestos.

Mejor todavía, ha quedado claro de nueva cuenta que a una buena parte de los salvadoreños, nos gusten o no los políticos y nos seduzcan o asqueen algunas banderas, lo que más nos importa es que se respete el estado de derecho, que las controversias sean ventiladas adonde corresponde, sin excesos, sin exabruptos, sin histrionismo. Esa mayoría silenciosa sí es capaz de grandes cosas, fue la que decidió darle al Fmln el poder pese a todo, fue la que decidió destruir el bipartidismo pese a todo, y es la que pondrá en su lugar a este gobierno si continúa pretendiendo llenarle el comedor con tuits, mentiras repetidas y el manoseo de lo que debería ser intocable.

Ni un ejército de agitadores profesionales ni las mejores tratativas de sus voceros o el Armagedón de tuits (zzzzzzz...) detendrán lo que empezó ese domingo: la ola de renovación de una nación que quiere algo mejor, harta de los viejos métodos, deseosa de vivir en paz y de recuperarse de sus heridas.

Quizá rota y desgarbada, pero la democracia siempre tiene salvadoreños que la abracen. Y ese domingo, demostró tener más amigos que usted, señor presidente.

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