Animémonos a ser un país exitoso sobre todo en lo fundamental

El Salvador tiene destino, y hacer que ese destino se cumpla progresivamente es lo que debe guiarnos a todos, cada quien en su respectiva posición y situación.
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Basta un somero recorrido por los decenios más recientes de la historia nacional para tener una idea bastante clara de lo que han sido nuestras experiencias reiterativas en el curso del tiempo. Lo que resalta en primer lugar es la falta de una línea programática sobre el tratamiento de los problemas más significativos de nuestra realidad. Esto ha venido creando desajustes y agujeros estructurales que, con el paso de los años, se han vuelto cada vez más difícilmente corregibles, lo cual es el principal factor determinante de la cadena de inseguridades que mantiene a nuestra sociedad en condición de victimaria de sí misma.

Cuando nos referimos a El Salvador de nuestros días lo que de inmediato se manifiesta es una sensación de angustia generalizada por todo lo que está pasando. Y es que al comparar –los que podemos hacerlo— la forma en que se vivía la cotidianidad entonces con la forma en que se vive hoy pareciera que casi todo se ha puesto de cabeza. Es cierto que en aquellos años había menos oportunidades que ahora, pero el ambiente no tenía, ni por sombra, las crispaciones, las ansiedades y los peligros que nos asaltan cada día en cualquier espacio en que nos movamos, haciendo que la vida común se haya vuelto un catálogo de sobresaltos.

En estas condiciones es inevitable estarse preguntando constantemente sobre el destino personal, en relación directa con el destino nacional. Y al hacer ese vínculo la situación anímica se complica, porque hay una contaminación constante entre lo que le espera al conglomerado y lo que nos espera a cada uno de nosotros, los individuos que lo formamos. No es de extrañar, pues, que la atmósfera que se respira en el país esté tan cargada de virus y de miasmas de toda índole, hasta tal punto que muchos llegan a creer que lo que necesitamos es una fumigación histórica de impregnación profunda, que nos permita revivir sobre otras bases.

Es hora, en verdad, de hacer un verdadero alto en el camino, esta vez en función inequívocamente reflexiva y con propósito efectivamente restaurador. Los salvadoreños necesitamos, con urgencia, ponernos a pensar en serio sobre lo que somos y sobre lo que queremos y podemos ser. Ya basta de seguir jugando al presente sin asumir lecciones del pasado ni planificar esfuerzos de futuro. Y, de entrada, lo que se impone es el reciclaje de las actitudes ante el país y dentro del país; es decir, trabajar por una especie de reconciliación nacional en sentido espontáneo, a la vez generalizada y personalizada, que nos permita abrir el telón de un nuevo horizonte.

Como siempre, la multifacética pregunta del millón se refiere a una sensible cuestión de procedimiento: ¿A quién le toca la iniciativa definitoria, quién debe identificar el método conducente, quién tendría que asumir la conducción del esfuerzo? La iniciativa podría partir de cualquier sector y de cualquier fuerza organizada, siempre que se haga con auténtica voluntad visionaria. La identificación del método debe ser producto de un equipo multidisciplinario y multisectorial. Y la conducción tendrá que ser colegiada, con el sector político a la cabeza. Y hay un factor envolvente: la conciencia ciudadana, en cuyo seno debe gestarse el ánimo inspirador.

El título de esta columna trata de resumir el objetivo básico que nos debe guiar a todos los salvadoreños en todo momento y sobre todo en el traumatizante momento actual: animémonos a ser un país exitoso en todo lo fundamental. Por ello subrayamos el imperativo de activar el ánimo inspirador, que es lo que viene estando crónicamente ausente. Por eso vamos al garete; y en esto la responsabilidad es compartida por todos aquellos que tienen un rol determinante.

El Salvador no es una tierra de nadie, aunque las malas prácticas, los abusos persistentes y los contextos distorsionados parezcan decir lo contrario. El Salvador tiene destino, y hacer que ese destino se cumpla progresivamente es lo que debe guiarnos a todos, cada quien en su respectiva posición y situación. Se necesitaría impulsar una nueva cultura del éxito nacional, que desde luego integre lo material y lo espiritual en alianza de veras virtuosa.

Y hay que reiterar que el éxito no es exclusividad de ningún sector ni de ningún grupo en específico. Cada quien se lo forja, incluyendo al país en su conjunto. El Salvador ha ido perdiendo esa mística, y por eso estamos como estamos. Es hora de reaccionar.

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