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Animemos los valores espirituales sobre todo cuando la avalancha de los hechos tiende a hundirnos en el pesimismo

Dicha crisis de formación, que arranca desde el seno familiar, se complica aún más en los ámbitos educativos y prolifera en todos los campos sociales. No es de extrañar, entonces, que en la política dicha crisis haya tomado carta de ciudadanía.

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Hoy es 6 de agosto, Día del Salvador del Mundo, y aunque en esta oportunidad las conmemoraciones tradicionales serán simbólicas por efecto de las condiciones excepcionales que imperan en el ambiente de resultas de la crisis pandémica en la que nos hallamos atrapados, lo cierto es que fechas como esta nunca pierden su significación inspiradora, porque además están íntimamente vinculadas con la historia y con el sentimiento nacionales. Es en ocasiones como la presente cuando nos sentimos más vinculados anímicamente como connacionales que tienen múltiples lazos de afinidad y de pertenencia, y por consiguiente desde tal perspectiva se nos vuelve factible avizorar el curso histórico por venir, tanto en lo positivo como en lo negativo.

Como está visto y comprobado en el decurso histórico y en cualquier zona del mapamundi, el sentimiento de pertenencia es el principal motor del progreso, porque es en dicho sentimiento donde se atan los lazos de una verdadera convivencia humanizada y pacífica. Y aquí surgen los valores como lazos de incomparable poder para afirmar vida y proyectar futuro. Puestos en esta perspectiva, se hace patentemente visible que cuando hay valores presentes en el seno de una sociedad, ésta sí es capaz de desarrollar mecanismos de progreso suficientemente habilitados para responder a todos los requerimientos de la realidad en curso. Y cuando se trata de una situación tan excepcional como la que hoy vivimos, esto se hace todavía más notorio e inequívoco.

En nuestro país, desde hace ya varias décadas, la formación en valores se ha venido difuminando en todos los campos del comportamiento, lo cual constituye sin duda la pérdida más grave que sufre nuestra evolución nacional, marcada desde siempre por tantos avatares y poblada también desde siempre por tantos obstáculos. Y dicha crisis de formación, que arranca desde el seno familiar, se complica aún más en los ámbitos educativos y prolifera en todos los campos sociales. No es de extrañar, entonces, que en la política dicha crisis haya tomado carta de ciudadanía. Lo que esperamos es que en esta coyuntura tan crítica las necesidades de interacción humana vayan moviendo el aparato social hacia los planos de la convivencia realmente humanizada, con los valores en primera línea.

La espiritualidad debe despertar de su marasmo entre nosotros, y recuperar su rol orientador de todas las energías vitales. Se trata, por supuesto, de algo que trasciende lo formal y lo individual y se instala en el núcleo más vivo de la existencia de todos. Este Día es especialmente propicio para recordar y asumir lo que somos en los planos superiores de la conciencia, que es donde se alojan los máximos poderes del ser, por encima de todas las diferencias humanas y de todas las incomprensiones que circulan por doquier. Estamos llamados a trascender, sin descuidar nuestra condición de arraigo en el destino que aquí nos corresponde. Los valores tienen que prevalecer en todos los momentos de la vida, para que podamos cumplir con nuestras respectivas misiones personales.

Según enseña la sabiduría popular, "no hay mal que por bien no venga", y por eso confiemos en que la devastadora experiencia que nos ha estado tocando sobrellevar a raíz de la pandemia nos traiga enseñanzas muy orientadoras y beneficiosas para nuestro presente y para nuestro futuro. Que así lo reconozcamos y lo asimilemos debidamente es lo que nos toca.

Abrámonos a las perspectivas positivas, que son las que proveen esperanza y confianza, de las que estamos tan urgentemente necesitados para seguir constructivamente hacia adelante.

Tags:

  • valores
  • crisis
  • política
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