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Ante perspectivas económicas sombrías hay que cerrar filas hacia el futuro

Nuestro país mantiene la deshonrosa posición de ser el que menos crece en el ámbito subregional, ya por un período de ocho años consecutivos.
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ue las condiciones de nuestra economía son cada vez más preocupantes es percepción que se va generalizando interna y externamente. Para el caso, el Fondo Monetario Internacional redujo la estimación de crecimiento en este año de un 2% a un 1.6%, y es la segunda vez que reduce dicha estimación desde julio del pasado año. El mencionado organismo estima que no será sino en 2018 cuando nuestro país alcanzaría el 2%. Por su parte, el Banco Mundial redujo la perspectiva de crecimiento para este año, de 2.3% que se había estimado en enero pasado a 1.8%. Nuestro país mantiene la deshonrosa posición de ser el que menos crece en el ámbito subregional, ya por un período de ocho años consecutivos.

Esto desde luego representa mucho más que una serie de cifras: es un permanente toque de alarma sobre lo que actualmente vivimos y, en especial, sobre lo que podría esperarnos si no se asumen las estrategias y se toman las medidas pertinentes.

Como el estancamiento económico básico ya se nos convirtió en problema crónico, lo que en primer término tendría que mover a reflexión es por qué hasta la fecha no se le ha entrado a fondo a toda la problemática envuelta en esta cuestión. El punto clave está en la activación de los motores de crecimiento, tanto los ya establecidos como los nuevos que se requieran. La mejor muestra de esa actitud inmediatista que sólo posterga las soluciones reales la tenemos en el área fiscal: ahí, ya ni siquiera vamos “coyol quebrado, coyol comido”, porque cada vez hay menos coyoles por quebrar. Y las cosas están a punto de volverse surrealistas, como cuando se pide una nueva reorientación de fondos que sólo unos días antes han sido reorientados; y fondos derivados de préstamos, para colmo.

Activar los motores de crecimiento implica contar con un plan de desarrollo que se salga creativamente de lo trillado, que es lo que nos mantiene en el marasmo. Es claro que sin un vigoroso despliegue de la producción exportadora seguiremos en el atolladero. Esto no se logrará de un día para otro, pero cada día que se pierde sin hacerlo multiplica el retraso de manera imprevisible. El mejor ejemplo que tenemos de desidia irresponsable es el caso del Puerto de La Unión. Si en 2008 se hubiera aprobado la concesión a un operador de nivel mundial, podría haberse hecho operativo el “canal seco” entre La Unión y Puerto Cortés. No se hizo por intereses ocultos y por argumentos ideológicos trasnochados, y hoy todos los vecinos nos ganaron la delantera y La Unión está prácticamente condenado a ser un puerto local más. Qué desperdicio injustificable.

Qué alentador sería que todas las fuerzas políticas y sus respectivos candidatos presidenciales se comprometieran de antemano a entrarle de lleno y cuanto antes a la tarea imperiosa de acordar un proyecto de crecimiento económico que sea a la vez visionario y viable. Para ello sería indispensable que todos salieran de sus respectivas catacumbas a la luz de la realidad. Una realidad que se nos vuelve progresivamente inmanejable porque no se aplican las ideas, las innovaciones y el instrumental estratégico que los tiempos y las circunstancias demandan.

Necesitamos estímulos e incentivos para crecer de veras y en forma sostenible. Hay que expandir las plataformas empresariales en todos los niveles. Hay que volvernos competitivos con audacia. Hay que dejar de rendirle tributo a lo viejo conocido que ya no da más de sí.

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