Ante una situación tan cargada de desafíos, lo sensato es buscar enfoques realistas de los problemas y soluciones viables para los mismos

El Fiscal General de la República acaba de puntualizarlo en forma muy clara, cuando dice que hay un cruce de fuego en las calles pero también un cruce de fuego permanente entre sectores, que abarcan lo político, lo económico, lo social y lo empresarial.
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No es necesario seguir repitiéndolo, porque la realidad de lo que se vive en nuestro país lo evidencia de manera lacerante cada día: los hechos de violencia y los fenómenos de angustia se multiplican sin cesar, afectando en primer término la vida de los ciudadanos comunes, que habitan en comunidades vulnerables o tomadas por la delincuencia, que tienen que desplazarse a diario por calles y caminos donde no hay protección segura, que están cotidianamente en riesgo de perder la vida o de ser víctimas de flagelos como la extorsión, y así podríamos continuar enumerando. En tales condiciones, lo que se impone con insoslayable urgencia es el imperativo de hacer que la ley se imponga y que la institucionalidad funcione.

No se puede permanecer en una violencia semejante sin que el deterioro nacional vaya adquiriendo dimensiones catastróficas. El Papa Francisco, en su histórica visita a México, ha dicho que hay que acabar con la violencia para poder resolver todos los otros problemas. Es lo que también hay que hacer en nuestro país. Y cuando se habla de violencia no sólo hay que limitarse a la situación del crimen sino también abarcar la conflictividad que se vive en la sociedad en general. El Fiscal General de la República acaba de puntualizarlo en forma muy clara, cuando dice que hay un cruce de fuego en las calles pero también un cruce de fuego permanente entre sectores, que abarcan lo político, lo económico, lo social y lo empresarial.

Nuestra problemática se ha vuelto cada vez más compleja precisamente porque las actitudes que la enfocan están contaminadas de conflictividad persistente. En tales condiciones, se le cierran los espacios al realismo que se requiere para enfocar los problemas y darles paso a las soluciones viables de los mismos. Está demostrado hasta la saciedad, en todas partes y en todas las circunstancias, que la realidad en sí nunca es una guerra abierta: son los actores que se mueven dentro de ella los que pueden hacer que las contradicciones naturales se conviertan en refriegas persistentes. Y las sociedades en que esto último se impone acaban en las peores condiciones imaginables. En nuestro entorno, basta ver el caso de la Venezuela actual para tener una desgarradora lección a la mano.

Cuando las cosas han llegado a los niveles que tienen ya en nuestro ambiente lo primero que habría que hacer es abrir un espacio para que las voluntades nacionales puedan decidirse a encontrar un método de trabajo en común. Después tendría que articularse una agenda de acción, que vaya desplegándose inteligentemente, de lo más sencillo a lo más difícil, con el respectivo calendario que asegure la verificación de lo que se pueda ir dando en el terreno. Desde el primer momento tendría que explicitarse sin reservas que no se trata de que alguien gane o alguien pierda.

Dentro de la lógica que hizo posible la solución negociada del conflicto bélico interno, hay que visualizar y potenciar resultados sin vencedores ni vencidos, porque es la única manera de asegurar la sostenibilidad de dichos resultados. En la política esto es más difícil de lograr porque las fuerzas están compitiendo constantemente por el favor ciudadano; sin embargo, el que la ciudadanía esté hoy tan ansiosa de soluciones verdaderas y consistentes es un elemento que apunta en la buena línea. Aprovechémoslo todos para bien.

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