Antena parabólicaEl arte de funcionar bien

Lo que más sorprende cuando se hace un recorrido analítico por cualquier conglomerado dondequiera que sea es la facilidad con que se generan conflictos y la dificultad para construir armonías.
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Pareciera que el ser humano, por encima de sus orígenes y culturas, está siempre mucho más tentado a la guerra que a la paz. Como si se creyera que la guerra es de los fuertes y la paz es de los débiles. Error fundamental que la experiencia histórica de siempre no ha podido corregir como se debe. Ahora mismo, en este escenario global cada vez más abierto e intercomunicado, estamos comprobando que la inmadurez pasional tampoco tiene fronteras. No es cuestión de desarrollo o de subdesarrollo materialmente calibrados: es cuestión de valorar lo humano en lo que tiene de tal y de ponerlo a funcionar como motor de la Historia vivida cotidianamente. Esa es la ruta hacia la perfección posible. Una perfección que es el principal mandato divino. Y sólo se puede avanzar hacia la perfección por la vía de la paz administrada como el bien humano superior. El contraargumento saldrá de inmediato al paso: “Pero eso cuesta mucho y no hay seguridad de lograrlo”. Es cierto, pero también lo es que todo lo que verdaderamente importa cuesta. Y lo peor es resignarse a ser títere del impulso ciego.

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