Antena parabólicaLas llaves del destino

Cada día sale el Sol y se nos regala sin saber cómo ni de dónde un montoncito de horas para hacer lo que nos toca hacer.
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Estar aquí, en cualquier circunstancia, es un privilegio gratuito. No tenemos que dar nada a cambio por respirar, por tener la luz entre nosotros, por sentir a nuestros semejantes alrededor. Es cierto: a veces respirar se vuelve un simulacro de asfixia por diversas causas, la iluminación que nos rodea adquiere tonos siniestros por los peligros que acechan y nuestros semejantes lejos de acompañar agreden y lejos de inspirar maldicen. De seguro hemos venido a esta vida a pasar una prueba tras otra, y eso independientemente de las condiciones en que se mueva cada existencia personal. No son los bienes materiales los que determinan la suerte; es la suerte la que determina los bienes de toda índole. Y al hablar de suerte nos referimos a lo que pueda hacer cada quien con su propio destino. Por eso vemos gente desposeída que es capaz de gozar su realidad cotidiana y vemos gente poseedora que está ahogada en la abundancia. La clave de seguro se halla en la forma de ser y de trascender. Todos venimos al mundo con el equipaje del ser, pero de cada uno depende la autogestión del trascender. Hay que tener el ánimo preparado para ello, sin excusas ni pretextos de ninguna índole.

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