Antena parabólicaLunes Santo

La Semana Santa ha sido todo el tiempo en nuestro ambiente natural una mezcla de sensaciones cálidas, reflejos opacos, anuncios de lluvias próximas y somnolencias crepusculares.
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Para mí, la Semana Santa equivale a paisaje campesino, entre colinas, nubes, árboles y aleteos de polvo. La casa se hallaba en un pequeño espacio labrado entre el talpetate, al que se tenía acceso por una callejuela irregular. Allá abajo, la estación del ferrocarril, y muy cerca el río Las Cañas. Al fondo, el Cerro El Sartén, que entonces estaba totalmente cubierto de vegetación. Y ahí, enfrente, al otro lado de la carretera de polvo, el gran amate que imaginé una especie de catedral con horizonte habitado hacia el oriente. La imaginación no tiene límites, sobre todo cuando penetra en las estancias más íntimas del ser. Mis Semanas Santas infantiles y adolescentes ocurrían en Apopa; pero yo siempre tuve la impresión viva de que Jerusalén estaba a la vuelta del camino. La espiritualidad es un pequeño vecindario infinito, cuyas ventanas siempre dan hacia el interior de cada conciencia. Y ahí no pasa el tiempo, aunque el tiempo pase. ¿Qué me queda de todo aquel ejercicio inocente de sabiduría trascendental? Un álbum con alas, que cada vez que vuelve esta época del año alza vuelo entre mis memorias más queridas.

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