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Anti valores: otro desafío

Me impresionan dos mensajes televisivos que, utilizando “herramientas” de persuasión totalmente distintas, envían un mensaje subliminal sobre la forma de inculcar a los niños formas de comportamiento para una “vida mejor”, para usar parte del nombre de la Fundación que patrocina uno de ellos.
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 Mientras este invoca la caridad y el amor por el prójimo, el otro apela a las buenas costumbres, a partir del comportamiento irresponsable de sus padres. Ambos mensajes tienen un contenido moral penetrante y aleccionador que, al menos a mí, me han hecho reflexionar sobre otro mal que nos aqueja.

En nuestro medio, lamentablemente predominan los ejemplos de conductas contrarias a las buenas costumbres, la decencia y el irrespeto a las leyes, entre otras expresiones de una sociedad enferma –como la llama un siquiatra muy conocido– donde los anti valores guían el comportamiento de muchos. Es ostensible ese comportamiento, desde supuestas minucias, como cuando un “niño bien” lanza a la calle desde un carro de lujo el empaque y los restos de la hamburguesa que le acaba de comprar el motorista de papi; cuando en plena presentación de una película las salas de cine se iluminan por la cantidad de jóvenes y viejos que encienden sus celulares, o en un atestado bus un joven es incapaz de cederle su asiento a un anciano, o a una señora embarazada.

Pero cuando hablamos del irrespeto a las leyes, que va desde pasarse un semáforo en rojo, dañar irresponsablemente la imagen de una persona, hasta violar la Constitución, las cosas adquieren otra dimensión. ¿Qué se queda grabado en la memoria cuando el órgano responsable de decretar las leyes es el primero en irrespetarlas, cuando desde el gobierno se estimula la desobediencia social, cuando se incurre en desacato porque no gusta una sentencia de la SC, cuando se amenaza y desprestigia al fiscal general por llevar a los tribunales a los corruptos y cuando se despilfarran los recursos públicos dentro de una emergencia fiscal, o un profesor viola a una niña? ¿Y cuando desde instancias gubernamentales se contamina el medio ambiente en contubernio con empresarios inescrupulosos, o el Estado viola la Constitución y gasta cuantiosos recursos para privilegiar a un pequeño grupo de empresarios. Tampoco es un asunto menor, prostituir la justicia para enjuiciar a inocentes y por otro lado tratar con guantes de seda y hasta exculpar a delincuentes de cuello blanco. ¿Y cuando pretenden tomarse todo el Estado, siguiendo el ejemplo grotesco del caso venezolano?

Lo dicho anteriormente tiene en la clase política el referente perfecto para preguntarnos ¿qué clase de país estamos heredando a nuestros hijos? Con esto no estamos justificando que las ciudades se vuelvan basureros en cielos abiertos, que les demos la razón a los que no cumplen con sus obligaciones tributarias ni, mucho menos, a los llamados terroristas. Aludimos simple y llanamente al daño que causa el mal ejemplo de quienes nos gobiernan y a las cuestionables credenciales éticas para conducir al país por la ruta que se merece.

Obviamente, estas reflexiones no son producto de un análisis estructural de la realidad nacional, sino simplemente un intento de motivar a que reflexionemos sobre esa pérdida de valores que predomina en nuestra cotidianidad y que cada vez con más contundencia se está arraigando en la sociedad, a partir del comportamiento repulsivo de quienes tienen la responsabilidad de conducir el país. Sabemos de antemano que no podemos cambiar de la noche a la mañana conductas perversas de quienes están auspiciando –por acción y omisión– la descomposición que vivimos en casi todos los órdenes de la vida nacional, poniendo en riesgo incluso nuestra joven democracia. Pero por algo hay que comenzar. Que podemos rendir cuentas, claro que podemos, porque somos los ciudadanos las víctimas de los desmanes cometidos por unos malos salvadoreños. Además, la sociedad está más consciente de sus derechos y más dispuesta a dejar atrás la indiferencia que nos ha caracterizado desde siempre.

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