Aplacemos el diálogo y pongámonos a trabajar

Nuestra realidad, como seres humanos, ha sido circunscrita a contextos sociales, económicos, políticos y ecológicos.
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Subsistimos y sobrevivimos en varios contextos que nos dan un denominador común, el cual es, que somos una especie, única, provenimos de un mismo origen. Esto significa que somos iguales ante los ojos de cualquiera que nos observe.

Nuestra singularidad es, por naturaleza, disruptiva debido a que generamos y estamos expuestos a cambios que nos hacen adaptarnos a sus efectos, poniendo a prueba nuestras habilidades y destrezas, natas y aprendidas, para sobreponernos a adversidades. Vivimos nuestra vida, sorteando dificultades y transformándonos para vivir mejor.

El proceso de transformarnos es lo que nos hace ser mejores, aprovechando lo que tenemos alrededor para cambiar nuestro entorno. Lo que necesitamos modificar es la constante práctica de aferrarnos a ideologías, dogmas, banderas políticas y pensamientos filosóficos.

En ese camino de transformación, las personas deben de ir recibiendo beneficios de las acciones que generan cambios, es decir, pasar de las palabras a obras. Si contamos con diferentes niveles de dominio de nuestras habilidades y destrezas, debemos de estrechar lazos de cooperación entre nosotros mismos. De esa manera podremos llevar a cabo una mejor adaptación a los efectos del cambio climático, a los fenómenos naturales, a los ciclos económicos, a superar la hambruna, a sucumbir la violencia, entre otros.

Aun hace falta generar la conciencia colectiva con respecto a cooperar en el uso racional de los recursos que nos provee la Tierra, los cuales somos capaces de transformar para nuestra propia existencia.

Expongo esto porque en El Salvador es urgente que aplacemos el excesivo mutis de dialogar. Ya hemos dialogado lo suficiente, como para tener una serie de proyectos listos para echarlos andar, que se conviertan en obras que beneficien a toda la población. Hoy, no mañana, es el tiempo para buscar la cooperación entre los diferentes actores de la sociedad, sin exclusión, poner manos a la obra y ejecutar proyectos que mejoren, por lo menos problemas sensibles como la distribución y calidad del agua potable, atender la nutrición infantil, mejorar la atención médica y hospitalaria, ordenar estratégicamente el transporte vial, atenuar considerablemente la violencia y otros que nos aquejan.

Hay que tener una misma óptica de cómo transformar los elementos que propiciarán el cambio en esos rubros, la cual es: cooperar para avanzar.

Las conversaciones dentro del contexto del diálogo se tornan en mesas de discusión de trabajo sobre las mejores formas de ejecución de proyectos. Esta plataforma de cambio debe estar sustentada sobre una base de autenticidad, entendida esta como libre de intereses políticos, ideologías, dogmas y banderas partidarias políticas.

También, la actuación para ejecutar los proyectos debe contemplar la urgencia del tiempo para llevarlos a cabo; aquí hay que superar rápidamente las diferencias entre las opciones para realizar cada proyecto, a la luz de lo que sea más efectivo a largo plazo. El uso estratégico de los recursos en la ejecución de los proyectos debe quedar claro desde un principio, y establecer los criterios de selección de la explotación y uso de los mismos, sobre bases técnicas y no sobre intereses económico-políticos.

Aplazar el diálogo en el sentido de comprometernos a desarrollar el país es un argumento del cual todos estaremos de acuerdo, valorando el saber cómo hacerlo, aprovechando y/o creando las oportunidades para lograrlo, persiguiendo un fin común que sirva para un bien común, discriminando fanatismos, dogmas, intereses partidarios políticos, avaricia, codicia e intereses propios. Todos ansiamos vivir en un país en franco crecimiento y desarrollo.

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