Apostarle a la evolución es comprometerse responsablemente con la realidad

Durante muchísimo tiempo se estuvo librando una dura batalla entre continuismo y revolución, y no sólo en el país, sino en muchísimas otras partes.
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Era como si la realidad estuviera repartida en dos trincheras, que esperaban el momento oportuno para ver de dónde salían los fuegos devoradores. Luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, el mundo político y económico quedó dividido en dos bloques irreconciliables, uno abanderado con el capitalismo y el otro abanderado con el comunismo. Aquello parecía que no tendría fin hasta que alguno de esos bloques sucumbiera por obra del otro. Así se vivió por muchos decenios, hasta que el mismo fenómeno real hizo lo suyo, y el comunismo se desfondó por su cuenta. Esto último fue lo que determinó que no hubiera vencedor militar, y, por consiguiente, se pudiera pasar a una nueva era, en la que la vieja bipolaridad le dejó el espacio abierto a la nueva multipolaridad. Fue como si un letrero se desplegara alrededor del mundo: “Ni el continuismo ni la revolución tienen ningún futuro: el futuro está en manos de la evolución”.

En la multipolaridad nadie puede imponer su ley, y eso exige un aprendizaje de equilibrios de poder que garanticen que nadie esté fuera del juego, ni siquiera los tradicionalmente marginados, como han sido nuestros países. Esta es una novedad sin precedentes en la historia, y tenemos que valorarla y asumirla como tal, para no perder la perspectiva de lo que en verdad está pasando. La única fuerza superviviente de todos los experimentos que se quisieron imponer en el pasado es la evolución; es decir, el cambio que se va produciendo por efecto de las energías históricas y no por determinación de los intereses ideológicos de ninguna índole.

Una de las evidencias más aleccionadoras de nuestro tiempo es la que se manifiesta en el hecho de que ahora ninguna sociedad, independientemente del desarrollo que muestre, puede sentirse investida por el privilegio de hacer lo que se le antoje sin ponerse en riesgo de crisis. Esto ha quedado a la luz en estos años recientes en el llamado mundo desarrollado, donde la irresponsabilidad viene generando efectos realmente depredadores. El que se salta las reglas de la racionalidad y de la responsabilidad básicas se pone a merced de todos los imprevistos, sea quien fuere. Y luego, al tener que enderezar las cosas para entrar en la inevitable ruta del orden, vienen los retorcijones traumáticos, como vemos ahora mismo en el caso de Grecia, cuna histórica de la democracia y hoy patético ejemplo de lo que no se debe hacer.

Nuestro país ha vivido, en las cuatro décadas pasadas, una serie de fenómenos altamente aleccionadores. En 1975 estábamos en la última fase de la preguerra; a partir de 1980 se desataron al mismo tiempo la democratización y el conflicto bélico; hasta 1992, ese doble ejercicio continuó en paralelo, providencialmente sin chocar en ningún momento; en 1992 vino la posguerra, que casi nadie esperaba en la forma en que se pudo diseñar; y desde entonces han tenido que convivir la democratización y la posguerra, con no pocas dificultades pero sin colisionar entre sí. De todo ese período hay lecciones a granel, pero sin duda la principal de ellas es la lección del engranaje en marcha; es decir, de la evolución haciéndose sentir.

Muchos podrán decir: ¿De qué evolución se habla si las condiciones de la realidad actual parecen más crudas y difíciles que nunca? Se habla precisamente de evolución, que no es ausencia de problemas sino experiencia de tránsitos. Lo que pasa, en cualquier momento y circunstancia, es que ponerse al hilo con la evolución implica comprometerse a hacer lo que el mismo proceso evolutivo demanda en cada coyuntura. Eso es lo que los salvadoreños no hemos hecho en la forma suficiente y debida, y por eso estamos como estamos.

La tradición errónea de dejar que las cosas pasen sin afrontarlas con la responsabilidad y la creatividad requeridas es nuestra carga más debilitante y nuestra deuda más onerosa. La realidad está aquí, esperándonos en el día a día, con impaciencia creciente. Y si alguien no perdona el descuido y menos aún el desprecio es la realidad.

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