Aprendamos de las tragedias

Enlace copiado
Enlace copiado

Mientras escribimos estas líneas para tratar de discernir nuevamente sobre la realidad nacional, nuestros pensamientos son interrumpidos constantemente por esos cuadros dantescos que dejaron los eventos que sacudieron el Caribe, varios estados de la Unión Americana y parte de territorio mexicano. Nos solidarizamos con esos pueblos hermanos, sin olvidar que nosotros mismos estamos constantemente expuestos a esas eventualidades y que infortunadamente se están volviendo más frecuentes y destructivas. Pero al poner en perspectiva la crítica realidad que estamos viviendo en el plano político, económico y social, muchos nos preguntamos ¿qué pasaría, si en estos momentos, Dios no lo quiera, fuéramos víctimas de catástrofes parecidas?

Este sin duda sería un escenario terrible pero no descartable, descabellado ni alarmista. Autoridades gubernamentales de alto nivel con alguna frecuencia envían señales de advertencia, pero no sabemos si manejan escenarios que al menos en teoría ofrezcan una idea de la situación que deberíamos enfrentar cuando el Estado, se supone, está virtualmente al borde de la bancarrota. Ante lo impredecible e incontrolable, la gente normalmente cae en un estado de indefensión total, pero cuando todo se complica como resultado de las actuaciones irracionales de los humanos, ya sea por acción u omisión, se enardece, pierde la sensatez y se convierte en un actor más para dar paso a una tormenta perfecta. Y cuando se constata que medio mundo está pasando por un ciclo incendiario, también se esfuman las fuerzas para apagar nuestra propia hoguera.

En otras palabras, frente a lo inevitable, nosotros hemos creado las condiciones para que nuestra existencia se torne cada vez más dramática. En esta convergen una lacerante situación de pobreza, una escalada delincuencial cada vez más vinculada con el crimen organizado, el largo espacio temporal que ocupa la trampa económica, la corrupción institucionalizada y, sobre todo, el enfoque perverso de los tomadores de decisiones que ven pasar los acontecimientos, sin reparar en que está coqueteando con la ingobernabilidad.

Hasta la persona menos informada fácilmente cae en la cuenta de que lo que estamos viviendo no es sino el resultado de la irresponsabilidad con que estamos enfrentando una miríada de problemas inéditos, donde unos y otros consideran sus dudosas credenciales como la única opción para nuestra redención. Solo en el tema previsional, que para muchos únicamente es solucionable a través de un ajuste ordenado de las finanzas públicas, la clase política se atrinchera pensando siempre en la pérdida de votos, como si con un diputado o un alcalde analfabeta y corrupto más, el país alzará vuelo como el ave Fénix. Lo que les cuesta procesar es que cada día que pasa están contribuyendo más a la ruina del país. La semana pasada en un evento especial y como respuesta a una pregunta personal, el actor principal estimó que el solo haber pospuesto la reforma de pensiones durante la administración Funes le ha costado al país más de $2,000 millones. Y de estupideces como esta, nadie se hace cargo.

La constatación de la irresponsabilidad de nuestros dirigentes no conduce a otra conclusión que, o cambiamos de rumbo, o más temprano que tarde caeremos en un abismo sin fondo. Evitar este extremo significa desterrar esas actitudes cínicas y desvergonzadas, salirse de las tácticas reduccionistas y engañosas y, sobre todo, atacar el virus ideológico antes de que haga metástasis y destruya todo el tejido social. Pero por otro lado quisiéramos ser optimistas y pensar que la espada de Damocles que pende sobre nuestros migrantes y el país entero puede ser enfrentada, vaya paradoja, a partir de los desastres ocurridos en el norte, si el señor Trump abandona su proyecto inhumano y permite que nuestros compatriotas le ayuden, con mano de obra barata, en la reconstrucción de las zonas devastadas. Acaso, esto también puede convencerlo de las consecuencias del cambio climático y el calentamiento global. En lo que nos corresponde, no debemos seguir tolerando el statu quo. La situación imperante demanda unidad, compromiso, visión de futuro y el rechazo contundente de las veleidades del FMLN y el escapismo de la oposición.

Lee también

Comentarios

Newsletter