Aprovechemos estos días para intensificar nuestra natural conexión con los poderes del espíritu

Dios, el Ser perfecto, es Espíritu, y nosotros, los seres imperfectos, también somos espíritu; el parentesco, entonces, no puede ser más entrañable. Y en ese punto, que es como el pálpito inagotable de una estrella que jamás descansa, se centran todas las pulsaciones de nuestro destino humanizado.
Enlace copiado
David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Enlace copiado

Estamos concluyendo la Semana de Dolores, que es la antesala inmediata de la Semana Santa, y como todos los años el momento es propicio para hacer un reencuentro, aunque sea breve, con nuestra interioridad más recogida. A lo largo de los tiempos más recientes se ha venido desdibujando la naturaleza original de dicha Semana, desde que la tendencia frivolizadora fue ganando cada vez más terreno en el ámbito de las costumbres sociales; y por su parte, el consumismo avasallante también ha hecho lo suyo, poniendo las diversiones y los festejos por encima de todo. Ahora lo que casi toda la gente busca es olvidarse de sus compromisos y encontrar vías, que están disponibles en abanico infinito, para imaginar que la vida sólo es un despliegue de anhelos de pasarla bien. Ese “pasarla bien” no representa, desde luego, ningún esfuerzo por ir al encuentro de las verdades esenciales.

Para no desperdiciar el tiempo que nunca se recupera se hace inevitable reconocer cada momento de vida como un espacio para la autorrealización, que desde luego no sólo es material sino que siempre debe trascender a lo humano superior. En esa línea, la espiritualidad tiene que mostrar lo suyo de la manera más elocuente posible. Y cuando nos referimos a espiritualidad hay que decir de inmediato que ésta no es una vaporización de nuestro ser, sino todo lo contrario: la fertilización activa de nuestras raíces, desde las más superficiales hasta las más profundas. Lo espiritual tampoco es un juego de símbolos que se mueven a discreción desde afuera: se trata de la esencia del ser, y que por eso mismo en cada ser tiene una identidad propia. En otras palabras: el espíritu, como el cuerpo, tiene nombre y apellido, y por eso es la más clara encarnación de la libertad existencial, entendida ésta como el flujo máximo de vida.

La Semana Santa ha sido considerada tradicionalmente como un llamado a rendir tributo amoroso al Dios vivo sacrificado para la redención de los seres humanos, y sin duda esa es su dimensión más profunda; pero lo que nunca hay que perder de vista es que de ahí irradian efluvios vivificadores que nos regresan para purificarnos y reavivarnos en nuestra respectiva misión personal. Dios no podría estar satisfecho con nuestra mera condición de fieles reverenciadores de su grandeza suprema: nos ha puesto en esta condición consciente para que nos animemos a nuestra propia trascendencia, bajo el ejemplo que Él a cada instante nos depara. Y para demostrárnoslo con paladina nitidez encarna entre nosotros y se expone sin reservas a padecer nuestras limitaciones y a sufrir nuestras pasiones. El Calvario es la prueba viva de que Dios no escatima sacrificios para hacernos entender su voluntad.

¿Qué conclusión inmediata podemos sacar de este vínculo de experiencias entre la Luz mayor y los pequeños candiles parpadeantes? La sencilla conclusión de que entre la Divinidad y nosotros hay una alianza perfecta, que lo único que nos demanda es mantener activas, siempre y en cualquier circunstancia, las potencias naturales y las esencias vivenciales del espíritu. Dios, el Ser perfecto, es Espíritu, y nosotros, los seres imperfectos, también somos espíritu; el parentesco, entonces, no puede ser más entrañable. Y en ese punto, que es como el pálpito inagotable de una estrella que jamás descansa, se centran todas las pulsaciones de nuestro destino humanizado. Es en tal sentido que podemos considerarnos hijos de Dios y hermanos de Dios, súbditos de Dios y compañeros de Dios, emisarios de Dios y beneficiarios de Dios. Y el elemento de enlace es el espíritu, que va de la mano con el Espíritu.

Detenerse a pensar en realidades como las mencionadas hace que la voluntad se reconozca a sí misma como un motor capacitado para emprender las aventuras interiores más desafiantes. Animémonos a hacernos partícipes conscientes de la espiritualidad en vivo, para que el diario vivir se nos convierta en lo que debe ser: una aventura espontánea y abierta a todas las sorpresas vivificantes. Renovémonos cotidianamente en el espíritu para que el Espíritu también se renueve en nosotros. Esa reciprocidad virtuosa es la mejor prueba de que nuestro pasaje por este espacio donde tenemos que respirar sin descanso es en verdad el tránsito permanente de una eternidad que está con nosotros y en nosotros desde siempre y para siempre. Los símbolos de la Semana Santa se encuentran alrededor, dándonos pábulo para redescubrir señales orientadoras y promesas ilusionantes.

Démonos, pues, ahora y siempre, la oportunidad de la plenitud sin reservas.

Lee también

Comentarios

Newsletter