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Arca abierta abre puertas del infierno

Ante el arca abierta hasta el justo peca, sea el arca de dinero, del poder, de la santidad, de la vanidad, etcétera, porque el ser humano parece inclinado a hacer lo que le beneficie, sin importarle nada, ni mucho menos los demás
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Ante el arca abierta hasta el justo peca, sea el arca de dinero, del poder, de la santidad, de la vanidad, etcétera, porque el ser humano parece inclinado a hacer lo que le beneficie, sin importarle nada, ni mucho menos los demás; y para nosotros los creyentes pensamos inmediatamente que si la justicia terrenal no los castiga, la divina sí los alcanzará y si en la tierra no se han arrepentido y resarcido los daños causados a otros, ya tienen abiertas las puertas del infierno.

Un apreciado amigo, cuando le comentaba que un amigo de ambos estaba realizando actos indebidos para llenar su arca con dineros ajenos, me dijo: “Pero si todos roban, los de arriba, los de en medio, etcétera, todos tienen derecho a rascar”. La respuesta fue brutal, pero cierta en el fondo, el ejemplo de los de arriba lo siguen los de en medio, los de abajo, etcétera, por lo que cuando se habla de Pepe Mujica, expresidente de Uruguay, del papa Francisco, que viajan en sus viejos carros –y parece también del profesor Sánchez Cerén y del ministro Gerson Martínez– que viven con humildad, nos admiramos, pero lástima que sus ejemplos no se siguen y continuamos viendo que los que arriban a posiciones, públicas o semipúblicas, se sienten facultados para realizar cualquier cosa, les guste o no les guste, por decreto, por orden, por participar o por prepotencia y por supuesto los de bien abajo se agrupan (maras) para hacer lo que les enseñan los de arriba. La palabra convence, el ejemplo arrastra.

Cuando el Arca tiene dueño, el que la maneja está bajo su ojo avisor o de alguien que verdaderamente trabaja para él, por lo que no siempre por ser justo, sino por no poder abusar de su posición, se mantienen honestos, pero cuando el Arca no tiene dueño conocido, como los fondos públicos, nadie tiene el ojo puesto sobre el funcionario y nuestras leyes si bien están configuradas para revisarle las cuentas y exigirles sus responsabilidades, hay que esperar a que se retire con los bolsillos llenos, para pensar si pecó o no en contra del pueblo salvadoreño, en vez de tener los ojos de los representantes del dueño de los fondos públicos sobre el funcionario, que antes de 1939 lo hacía el Tribunal Superior de Cuentas y lo continuó la Corte de Cuentas, que analizaba los proyectos de gasto, pudiendo impedir que se realizaran, porque existía ese ojo avisor oportuno, no solo para revisar las cuentas finales a quienes a veces incluso les han dado finiquitos por su gestión, cuando seguramente los fondos son irrecuperables.

Valdría la pena considerar que la Corte de Cuentas estuviera en manos de la oposición para evitar esa situación.

La Constitución de 1939 (art. 158) contemplaba el control de los gastos públicos, su recaudación, custodia, compromiso y erogación, así como concedía la autorización para toda salida de fondos del Tesoro, de conformidad al Presupuesto “e intervenir preventivamente en todo acto que de manera directa o indirecta afecte al Tesoro Público o al patrimonio del Estado...”; control previo que se mantuvo en las siguientes Constituciones, pero seguramente por considerarse una invasión en la administración pública se suprimió en la Constitución de 1983, dejando solo (art. 195 inc. último) la posibilidad de tal intervención previa “a solicitud del organismo fiscalizado (¿?), del superior jerárquico de éste o de oficio cuando lo considere necesario”, por lo que valdría la pena que el presidente de la República lo solicite para algunos funcionarios del Ejecutivo y la Corte de Cuentas estime que es necesario el control preventivo de los otros órganos del Estado e instituciones públicas.

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