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Armando Calderón Sol: un ejemplo de vida y de gestión que se proyectará en el tiempo

Así como Alfredo Cristiani fue el Presidente idóneo para empujar desapasionadamente el proceso de solución política del conflicto, Armando Calderón Sol lo fue para avanzar en la fase subsiguiente sin retrancas prejuiciosas ni fanatismos estériles.
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Columnista de LA PRENSA GRÁFICALa política es uno de los espacios de acción humana donde se ponen más a prueba las condiciones propias de cada participante, cualesquiera sean la naturaleza y el relieve de dicha participación; y eso es así porque el ejercicio político es, por esencia, un juego donde todas las tentaciones se hacen sentir a cada instante y donde los vicios de la conducta tienen terreno fértil. Eso hace que las virtudes, los valores y las sanas prácticas estén ahí en una especie de terreno peligroso donde les es siempre muy difícil sobrevivir y ya no se diga prosperar. Por ello hay tanta desconfianza generalizada respecto de las intenciones y de los comportamientos que se dan en ese campo, que para muchos es un imán irresistible y también para muchos resulta una atmósfera repelente. Y esto se constata a diario en todas partes, más aún ahora con el inimaginado despliegue de las comunicaciones globales instantáneas.

Cuando la actividad política ha sido tradicionalmente tan imperfecta como ocurre en nuestro país, las figuras que en ella se han movido y se mueven casi nunca escapan a los juicios pendulares: complacencia y aun endiosamiento por parte de los adherentes y rechazo o indiferencia por parte de los adversarios. Y en ese marco queremos ubicar las reacciones, en buena medida inusitadas, que ha generado en estos días el deceso del ex Presidente Armando Calderón Sol.

Calderón Sol fue el segundo Presidente de la posguerra y el primero que salió de una elección en la que ya estaban ubicadas como fuerzas competitivas mayores ARENA y el FMLN. Esto ocurrió en 1994, cuando el proceso de cumplimiento de lo acordado para concluir el conflicto bélico y de reparación de los múltiples daños producidos por el mismo estaba en pleno desarrollo. Y de seguro el aura del Acuerdo de Paz se hallaba muy viva, lo cual en vez de crecer se ha venido desactivando con el paso del tiempo.

Y aquí hay un dato valorativo que hay que destacar como elemento clave de la suerte del proceso: así como Alfredo Cristiani fue el Presidente idóneo para empujar desapasionadamente el proceso de solución política del conflicto, Armando Calderón Sol lo fue para avanzar en la fase subsiguiente sin retrancas prejuiciosas ni fanatismos estériles. Y esto no es cuestión de ideología, sino determinación sana de la voluntad. Es lo que ha venido faltando en las gestiones subsiguientes, con los desajustes y deterioros que son tan sensibles.

Conocí a Armando Calderón Sol cuando ambos estudiábamos en distintos cursos de la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional, allá en la década de los años 60. Ya entonces era un joven con espíritu abierto y ansias de servicio desinteresado. A comienzos de los años 80 incursionó en la política, incorporándose en el naciente partido ARENA. Y a fines de dicha década volvimos a coincidir en los esfuerzos negociadores que estaban por consumarse en el Acuerdo de Paz. Poco tiempo después llegó como Alcalde de San Salvador, y la ruta hacia la Presidencia de la República estaba a las puertas. Y ya ahí me llamó a colaborar en distintos proyectos, siendo el más significativo el de la Comisión Nacional de Desarrollo, que nació en 1997.

Armando era un hombre de ideas claras, de propósitos sanos y de proyecciones incontaminadas, todo ello dentro de una forma de ser caracterizada por la naturalidad y por la armonía. Ajeno completamente a la manía de las descalificaciones y de los ataques ofensivos, que se ha viralizado tan destructivamente en el país, practicaba el respeto en alianza con la cordialidad. Y esto es sin duda lo que hoy en forma tan amplia se le reconoce, sin descuidar sus logros en áreas concretas de la gestión pública.

Ante la triste evidencia de su deceso, lo que más destaca en las opiniones de la más variada procedencia es su personalidad y el rol que jugó la misma en los distintos momentos y circunstancias en que le tocó actuar. Y es que en verdad el máximo legado de Armando, como persona y como político, es su modo de ser y de proceder en todos los ámbitos de su realidad existencial. Todo esto es un ejemplo que hay que subrayar y evidenciar, sobre todo en estos tiempos en que parece que se han extraviado todas las brújulas de la moralidad y del autocontrol.

Cultivaba la familiaridad a partir de un matrimonio impecable, honraba la amistad sin fronteras, veneraba el servicio como un acto de fe. Era ciudadano en el más nítido sentido del término. Los que tuvimos el privilegio de conocerlo nunca lo olvidaremos. Y ojalá que las nuevas generaciones tengan acceso a este ejemplo de vida y de gestión, para fortalecer la cultura patriótica en el país.

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