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Artífices de la paz en los Balcanes

El poder duro –la potencia económica y a veces la fuerza militar– tiene un lugar, pero el poder blando tiene un gran papel que desempeñar. La UE sigue atrayendo a nuevos miembros porque apoya el comercio, el empleo y la inversión y defiende valores como la libertad y la democracia.
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Al igual que en cualquier otra parte de Europa, la historia reciente de los Balcanes occidentales se ha escrito con sangre. Desde su papel en el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, pasando por la ocupación y la resistencia en la Segunda Guerra Mundial, el régimen draconiano de los años del comunismo y las batallas y la barbarie que siguieron al desmembramiento de Yugoslavia.

El pasado abril, los primeros ministros de Serbia y de Kosovo, Ivica Dacic y Hashim Thaci, después de seis meses de conversaciones directas, acordaron normalizar las relaciones.

Establecieron un conjunto de medidas prácticas que deberían ayudar a sus pueblos a acabar con el miedo, reforzar la prosperidad y desempeñar plenamente su papel como miembros de la familia europea: dos personas valientes eligieron el camino que lleva a la paz.

En la tarde del 19 de octubre, entraron en mi despacho del sexto piso de la sede recién inaugurada del Servicio Europeo de Acción Exterior. Estaban nerviosos. Ninguno estaba seguro de cómo se recibirían las noticias de la reunión en sus respectivos países.

Su tarea consistió en encontrar la manera de ayudar a las decenas de miles de serbios kosovares que viven en el norte de Kosovo. Mucho se ha escrito sobre la historia de la disputa. La cuestión es cómo ponerle fin.

La primera reunión en mi despacho duró solo una hora. Siguieron a esta otras nueve reuniones. Fueron a veces largas de hasta 14 horas. Invité a viceprimeros ministros y a otros representantes de cada una de las partes a participar en las conversaciones. No bastaba intentar que los dos primeros ministros firmasen un papel. Solo tomaría cuerpo un acuerdo si lo apoyaban amplias coaliciones tanto en Serbia como en Kosovo.

Al final, ambas partes acabaron por encontrar una base común en relación con el nivel de autonomía del que deberían disfrutar los serbios kosovares. Su acuerdo fue acogido por todo el espectro político. No creo que el camino que queda por recorrer sea siempre llano. Con todo, creo que es posible reflexionar sobre las cuatro grandes lecciones aprendidas.

1. Para la obtención de un cambio duradero el coraje de los dirigentes fue determinante. En todo el mundo, la condición normal de la política es la explotación de líneas divisorias y el fomento de las diferencias. La exigencia de la pacificación es que se encuentre un terreno común y se perfile un futuro compartido. En los seis últimos meses, he visto a hombres de Belgrado y de Pristina pasar de ser políticos a ser artífices de la paz. Sabían que asumían riesgos, pero estos no los desanimaron, lo cual les honra.

2. La Europa de hoy –en realidad, buena parte del mundo actual– es una realidad sin contornos nítidos. Tenemos múltiples identidades que no siempre encajan con facilidad en el simple concepto.

3. La Unión Europea puede tener una función determinante. Hacer que la diversidad obre en beneficio de todos nosotros. Sin duda tiene sus defectos. Hoy se enfrenta a duros desafíos económicos. Pero globalmente funciona. Por ello los pueblos de Europa del Este quisieron incorporarse a ella en cuanto se liberaron de la dominación soviética. Ahora Serbia y Kosovo desean adherirse. Espero que el acuerdo logrado sea el inicio de un proceso que les permita hacerlo.

4. El poder duro –la potencia económica y a veces la fuerza militar– tiene un lugar, pero el poder blando tiene un gran papel que desempeñar. La UE sigue atrayendo a nuevos miembros porque apoya el comercio, el empleo y la inversión, defiende valores como la libertad y la democracia que inspiran a la gente en el mundo entero.

El poder duro invita al cálculo, el poder blando recompensa la imaginación. Lo que mostraron Ivica Dacic y Hashim Thaci cuando acudieron a mi despacho es que tenían el valor de imaginar un futuro mejor para sus pueblos.

En el último siglo los Balcanes occidentales han tenido fama de ser cuna de guerras. Es de esperarse que sean a partir de ahora una cuna de la paz.

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(*) Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y vicepresidenta de la Comisión Europea.

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