Asumir responsabilidades y reconciliarse

Un expresidente del país y del COENA solicita un alto a la confrontación política y a las venganzas.
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Supongo que la mayoría de los salvadoreños no está a favor de confrontaciones y de venganzas políticas pero sí a favor de entendimientos, de verdad y de justicia.

Supongo también que la sociedad salvadoreña comparte el cansancio generado no solamente por las eternas confrontaciones partidistas que conllevan a manejos del Estado mediocres, sino también por las injusticias que se viven a diario en este país.

Solicitar un alto a la confrontación política y a las venganzas sin haber asumido responsabilidades no garantiza a futuro una posible reconciliación.

Enfrentar la memoria y los hechos reales, por mucho que duelan, es una manera de reconciliar y restaurar para enfrentar un presente y futuro positivos y constructivos.

El perdón está incluido en el proceso de reconciliación y sin perdón la sociedad salvadoreña está condenada a seguir confrontada en medio de un clima de violencia cada día más fuerte.

Sin perdón, las posibilidades de algún día vivir en un país unido y en paz se atenúan.

Sin perdón, se vuelven difíciles de alcanzar alternativas de recomposición y reconstrucción reales y productivas.

La mayoría de nosotros, salvadoreños, no queremos confrontación pero sí acuerdos, no queremos impunidad pero si justicia, no queremos corrupción pero sí honradez y transparencia, no queremos a políticos que se benefician y se lucran del Estado pero sí servidores públicos competentes, éticos y comprometidos con el desarrollo inclusivo del país.

El comunicado es un llamado a la tan anhelada pero nunca alcanzada reconciliación nacional porque los sectores involucrados directamente en la guerra que firmaron los Acuerdos de Paz hace 24 años se fueron alejando de los compromisos asumidos.

Acuerdos de Paz que buscaban no solamente impulsar la democracia en el país, sino también garantizar los derechos humanos y reunificar a la sociedad salvadoreña. Lejos de resolverse, las insatisfacciones económicas y sociales se perpetuaron y dieron lugar a un nuevo conflicto, una guerra social cada día más fuerte de los “excluidos” en contra de la sociedad.

Las cúpulas partidarias y los grupos de poder asociados han mantenido desde entonces una actitud improductiva y estéril de confrontación impidiendo el diálogo y los necesarios acuerdos que urgen en el país. La institucionalidad del país ha sido función de grupos que controlan el poder y excluyen a la mayoría.

Como lo he mencionado en mis columnas anteriores, de las cúpulas de los partidos políticos actuales y sus grupos asociados no lograremos ni paz ni reconciliación. Seguiremos enfrascados en campañas venenosas impregnadas de odio y de descalificación.

Estoy convencida de que la única manera de entrever una luz al final del túnel y de lograr vivir un día en un país de oportunidades, unido y pacífico es a través de nuevos partidos políticos que efectivamente nos representen, velen por el desarrollo inclusivo de país, sean capaces de asumir responsabilidades y finalmente puedan reconciliarnos como sociedad.

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